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05 abril 2005
Recordad Heysel

Por una de esas coincidencias conocidas como “caprichos del bombo”, la Copa de Europa ha querido que Juventus y Liverpool se vean hoy las caras por vez primera en 20 años. El último enfrentamiento lo ganaron los italianos (1-0) con un gol de Michel Platini de penalti injusto. Sucedió en la final de la Copa de Europa 1984/85; pero, por encima de todo, sucedió en el estadio Heysel de Bruselas. Dos décadas más tarde, la palabra tragedia, asociada al fútbol, sigue remitiendo directamente a aquel recinto, a aquella tarde.
Nick Hornby, el conocido autor de “Alta fidelidad” y “Fiebre en las gradas”, escribía en este último libro que Heysel fue “parte orgánica de una cultura en la que muchos habíamos tomado parte activa”. Y no lo dice porque él fuese ningún hooligan. Tan sólo era un hincha más del Arsenal, la versión adulta de un niño de once años enamorado del rugido enbravecido de Highbury. Sin embargo, asegura que se sintió “parte integral” de un colectivo que, involuntariamente y en silencio, había alimentado ese comportamiento, “hasta el punto de considerarlo de lo más natural”. A fuerza de banalizar gestos obscenos y cánticos violentos, la grada contribuía a legitimar las fechorías de los hooligans.
En mayo de 1985, Hornby trabajaba en Londres como profesor de inglés para universitarios extranjeros; entre ellos, una buena tropa de italianos deseosos de saltarse la clase para ver como la Juve “se cepillaba al Liverpool”. Hornby lo dispuso todo para seguir la final; incluso decidió tomar partido por el Liverpool para compensar tanto tifossi. Encendió el televisor, en el que aparecían ya los comentaristas, bajó el volumen y aprovechó los minutos previos al sorteo de campos para escribir en la pizarra algunos términos futbolísticos. Un rato después, cuando vio que el partido no comenzaba, subió el volumen. Y de repente, tan pronto como comprendieron lo que sucedía, Nick Hornby asegura que sintió vergüenza. Vergüenza de ser inglés y aficionado al fútbol.
Esta temporada, a través de distintos estamentos, esa abstracción llamada fútbol está intentando concienciar al aficionado europeo de lo que significan los gritos racistas en los estadios. Y algo se ha logrado. El famoso “Uh, uh, uh”, lo mismo ahora que hace unos meses, procede de una minoría descerebrada. Pero, mientras que entonces el resto del estadio no se inmutaba con la gracia o, peor aún, la celebraba, ahora comienza a poner mala cara, e incluso a reconvenir y chistar a estos grupos tan selectos. Buena noticia. Acabar con la mala educación y los insultos en los estadios es tan difícil como hacerlo fuera de ellos; lo que sí es posible es aislar a los estúpidos y a los violentos. No riamos las gracias a quienes, como le sucedió hace 20 años a Nick Hornby, nos hacen sentir vergüenza de ser aficionados a esta maravilla de deporte.
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Comentarios (2)
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Comentarios
Terrible lo que pasó, y escalofriante como lo cuenta Ortego
#1 | David Arranz | 05 abr 2005 14:47:53
Qué buena anécdota (y magníficos libros) la de Hornby, no la recordaba, pero ahora que la he leído, me ha venido algo a la memoria, sí.
#2 | Escrito por Hang the DJ | 13 abr 2005 18:22:00
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