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14 abril 2005
Noticia de un tiroteo
El pasado 22 de diciembre, miércoles, se levantó feliz de la cama. Se acercaban las Navidades, esas fechas siempre le habían gustado. Diez días antes había perdido con su equipo, el Once Caldas de Manizales, la Copa Intercontinental de Fútbol en Yokohama, Japón. Lo había hecho en la tanda de penaltis (8-7) ante el Oporto de Portugal, que ya no entrenaba José Mourinho “se había ido con el ruso al Chelsea” sino el español Víctor Fernández. Sin embargo, él podía estar orgulloso de su Copa Libertadores ganada a Boca el 1 de julio, un trofeo que extendió la alegría por su tierra de Antioquia y de Colombia en general, no en vano era la segunda que conquistaba su maltrecho país. Sin embargo, Montoya había decidido no continuar con el OC, tenía ofertas de Ecuador, México y Argentina.
Esa mañana Luis Fernando le había comentado a su esposa Adriana que fuera al centro de la ciudad y que comprara regalos para los niños pobres y marginados de Caldas. “Mi amor, así como Dios me ha dado tantas alegrías, yo quiero también que muchos niños la tengan”.
Adriana Herrera, por tanto, se dirigió al municipio de Envigado donde realizó algunas compras y sacó dinero de un cajero automático. Instantes después partió para su casa del barrio La Docena, en Caldas. El trayecto por la circunvalación transcurrió con normalidad, pues Adriana no se percató de que dos mujeres y dos hombres la seguían en un coche Sprint y en una Yamaha DT125.
Arribó a su casa, Adriana se bajó, tocó la puerta que fue abierta por su esposo Luis Fernando Montoya. Segundos después dos hombres, uno de ellos portando un revólver calibre 32, perteneciente a un policía y al que su esposa se lo haba birlado, los encañonaron.
“¡La plata, pasá la plata!”, chillaron los hombres, uno gordo y otro más delgado. En medio de la breve confusión el entrenador colombiano realizó un movimiento extraño que provocó que los agresores le dispararan, impactando dos balas en su cuello.
Los fleteros huyeron y los vecinos del barrio reaccionaron para trasladar a Luis Fernando Montoya al hospital. Era la una del mediodía cuando llegó el cuerpo inconsciente y sangrante del técnico a Urgencias.
Se apreciaban las dos heridas por proyectil de arma de fuego, localizadas en el lado izquierdo del cuello que le provocaron un paro respiratorio. Su situación era crítica.
Los médicos y enfermeras consiguieron reanimarlo mediante respiración asistida y dosis de medicamentos para la reanimación cerebro-pulmonar. Lograron estabilizar los signos vitales.
De inmediato se ordenó su traslado a un centro hospitalario de mayor envergadura y a la 1:25 p.m. Montoya llegó a la clínica Las Américas de Medellín, donde se le practicaron varias intervenciones quirúrgicas. En Caldas de Manizales y Medellín, se comienza a rezar para conservar su vida. Como poco las secuelas serán importantes.
Casi inmediatamente después del tiroteo la Policía Metroploitana detuvo en el barrio de La Estrella de Medellín a cuatro de los cinco asaltantes, éstos incluso estuvieron a punto de ser linchados por la gente que presenció la detención. El cerebro de la operación fue apresado semanas después en La Hormiga, Putumayo, al seguir la policía la pista de un número de fax. Luis Alberto Toro, alias el “Guajiro” ya había visitado la cárcel de Bellavista en siete ocasiones previamente.
Los denominados fleteros son especialistas en atracos a personas que han sacado dinero de los cajeros automáticos o entidades financieras. En Colombia el año 2004 hubo 26.000 atracos que causaron 700 muertos.
Hoy, 14 de abril, casi cuatro meses después, Montoya está tetrapléjico y presto a abandonar la clínica Las Américas. Este periodo ha sido una constante lucha del técnico de Medellín con la muerte en el centro sanitario. Incluso sus familia solicitó un permiso especial al Gobierno para que fuera tratado con células madres en su dañada médula ósea.
Montoya se trasladará, en pocos días, a una hacienda de Caldas, en plena naturaleza, donde intentará el próximo 2 de mayo cumplir los 48 años de edad, junto a su esposa y a su pequeño José Fernando. Eso sí, tendrá que seguir conectado a un respirador mecánico y recibir asistencia médica permanente en su residencia. Quizá pueda leer la carta que una de las acusadas Luz Dary Yepes le escribió: Señor Montoya: me equivoqué
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