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04 abril 2006
1938: Italia, primer bicampeón

El Mundial de 1938 se disputó en Francia bajo unas condiciones políticas funestas que poco más tarde desembocarían en la Segunda Guerra Mundial. La concesión por segunda vez consecutiva del torneo a un país europeo molestó al otro lado del océano, dando lugar a varias ausencias de las que la más destacada fue la de Argentina. Sin embargo, a pesar del clima viciado, fue un Campeonato mucho más limpio que el anterior.
A la final en el remozado estadio de Colombes (que se jugó, de modo extraño, justo después del partido por el tercero y cuarto puesto) compareció Italia, campeón de la edición anterior, que defendía su título frente a la selección de Hungría. El país anfitrión también se halló representado en el partido definitivo en la persona del árbitro Georges Capdeville, que realizó una labor ejemplar.
La squadra azzurra, con una alineación completamente remozada respecto a la que cuatro años antes se había alzado con el torneo (sólo sobrevivía la estrella Meazza) se presentaba como clara favorita para el triunfo. El técnico Vittorio Pozzo había construido una táctica casi infalible, el método, partiendo de un 2-3-5 evolucionado que más tarde desembocaría en la famosa WM, y donde la pareja de interiores debían llevar el peso del juego. Esta labor correspondió a Giovanni Ferrari y Giuseppe Meazza, que durante todo el torneo surtieron sin descanso a los extremos Colaussi y Biavati y al poderoso punta Piola, apodado “Piernas largas”. Injusto sería también no destacar al medio Andreolo, un eficaz tapón defensivo con extraordinaria habilidad para el pase largo.
Del otro lado, los húngaros se presentaban por primera vez en una final. El equipo magiar solía desarrollar un fútbol cadencioso y preciso, sin excesivo rigor táctico ni presión al contrario, pero de alta calidad técnica y con formidables individualidades. Destacando sobre todos Gyorgi Sarosi, llamado “Doctor” por su juego superior, y considerado el mejor delantero de su época junto al austriaco Matthias Sindelar; junto al joven Szengeller, segundo máximo goleador del torneo con 7 tantos, y el cerebro Szucs, constituía la base del equipo, que había llegado a la final eliminando sin excesivos problemas a Suiza y destrozando a Indias Holandesas y Suecia. Por su parte Italia había tenido un camino mucho más difícil, teniendo que ganar previamente al anfitrión y a un Brasil en el que se empezaba a vislumbrar lo que sería después. La no alineación del fantástico Leónidas, “el más grande atacante de todas las Américas”, probablemente le costó la semifinal a los cariocas.
Con estos protagonistas comenzó el partido, y lo hizo de modo enloquecido. A los seis minutos, y tras una jugada fulgurante en la que el balón va de banda a banda pasando por Serantoni, Biavati y Meazza, el balón llega al extremo zurdo Colaussi que en carrera clava el primer gol de Italia. Casi en la siguiente jugada, el genio Sarosi regatea a tres italianos, y manda un un balón de gol que Pal Titkos transforma en la igualada. Por poco tiempo, porque cinco minutos más tarde, gran pase interior de Meazza a Silvio Piola, que bate a Szabo de fuerte disparo. Apenas un cuarto de hora, y los sorprendidos espectadores galos ya han visto tres tantos.
A partir de aquí, Italia recula y el orden italiano va asfixiando poco a poco la improvisación magiar. Hungría domina la pelota, pero sin gran efectividad, perdido Sarosi entre Foni y Rava. Por el contrario, los transalpinos salen en rápidos contragolpes lanzados por Andreolo y Meazza. En uno de ellos, el veloz Colaussi marca su segundo gol de tarde, y al descanso la impresión de superioridad colectiva de los azzurri es apabullante.
El segundo tiempo comienza con la misma tónica, hasta que a los veinte minutos una acción de superclase de el Doctor, que pasa entre sus marcadores como el viento sobre el polvo, reduce diferencias y da esperanza a la selección húngara. Los magiares se lanzan al ataque con todo, y diez minutos después pagan el precio, en forma de la segunda conexión entre Meazza y Piola. El impenitente goleador (más de 300 goles en el Calcio a lo largo de su carrera) firma su doblete y de paso finiquita el partido. Al final, la Copa Jules Rimet que entrega el presidente francés Albert Lebrun, que por cierto no sabía ni quién jugaba la final, señala al primer equipo que gana el Mundial fuera de su feudo, al primero también que hace doblete, y lo más importante, al mejor del torneo. De paso, el preparador italiano Pozzo entra en la leyenda.
Tras esa tarde parisina, doce años tuvieron que pasar para que se reanudaran los Mundiales, esta vez allende los mares.
ALINEACIONES. Italia: Olivieri, Foni, Rava, Serantoni, Andreolo, Locatelli, Biavati, Meazza, Piola, Ferrari, Colaussi. Hungría: Szabo, Polgar, Biro, Szalay, Szucs, Lazar, Sas, Vincza, Sarosi, Szengeller, Titkos.
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Comentarios
Ramón Flores, buen comentario del Mundial 38. Sobre Leónidas, tal vez la primer gran estrella de un Mundail, quedará la anécdota de que prefería jugar descalzo porque sentía mayor sensibilidad en el pie. Se dio el gusto de marcar descalzo en un partido con luvia en un lodazal.
El austriaco Matthias Sindelar, el Mozart del fútbol, se suicidó junto a su esposa cuando la Alemania nazi ocupó Austria (eran judíos). Por lo que leí, era un auténtico genio del balón.
#1 | Kelocura | 07 abr 2006 07:36:24
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