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14 junio 2006


Invocando nuestro mejor pasado

Cluje

munozz.JPG Tratando de resucitar esa alegría que cada vez acude de forma menos natural al corazón de uno cuando piensa en la Selección, he invocado los momentos más felices como aficionado al fútbol que me ha hecho pasar la roja. Y quizá por la especial fascinación y aura de que dota el tiempo a los acontecimientos lejanos, vividos casi en la niñez, el caso es que han comenzado a aparecérseme partidos que se disputaron en los ochenta, muchos de ellos indudables hitos ya de la memoria colectiva: el 12-1 de Malta, el gol de Maceda a Alemania, el vuelo del Buitre al sol de Querétaro…

Y de repente, toda la imaginería positiva que asocio a la equipo nacional se ha plasmado en una sola figura: la del seleccionador Miguel Muñoz. Él fue el constructor de aquel equipo macho y bravo que se plantó un tarde de 1984 en el Parque de los Príncipes de París, y al que sólo separó de la Eurocopa un mal día de Arconada y un checoslovaco de negro; y también él fue quien supo modificar el molde, con dedos de alfarero, para montar en México la selección más temida y efectiva que hemos poseído en 20 años - Valdano contaba hace poco que el combinado argentino celebró la eliminación de España en aquel Mundial como si de un título se hubiera tratado - mezclando la testiculina con los raudales de técnica y precisión que aportó la Quinta.

Quizá la racionalidad me traiciona un poco, pero de pronto he comenzado a ver semejanzas entre el gran Miguel y el Sabio que ahora nos dirige. Ambos llegaron mayores al equipo nacional, con larga experiencia como jugadores y entrenadores, veteranos de mil batallas; ambos tomaron un grupo donde muchos años de fracasos y decepciones habían sembrado la desesperanza; ambos son considerados hombres de suerte, la famosa flor de Miguel Muñoz, y la fortuna que preserva, como bendición aquiliana, la imbatibilidad de Luis; ambos, en fin, tipos madrileños, castizos y llenos de retranca, cercanos al futbolista y lo suficientemente toreros con los medios para tenerlos de su parte.

Es posible que me ciegue el optimismo, o incluso su búsqueda; pero no es menos cierto tampoco que disfrutar recordando hermosos momentos es gratis, que para que ocurra algo antes hay que haberlo imaginado, y que para imaginarlo necesitamos referentes de hazañas parecidas, de historias increíbles, de glorias pasadas… Por eso, cuando me siente esta tarde enfrente de la tele, durante un momento recordaré la voz rota de Muñoz tras el tirazo de Señor gritando “¡Ahí están los doce! ¡Les vamos a hacer tres más!”, y creeré, una vez más, que es posible.

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