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08 octubre 2007
A ritmo de Tango: Delicioso Burrito en el Superclásico

Es lo que tiene el fútbol. El fútbol fabrica diablos y también ángeles. El fútbol a veces levanta a los caídos y les da alas para que vuelen. El fútbol ilumina en ocasiones a aquellos que andan en la penumbra. Ayer el fútbol lo hizo con Ortega, que en los últimos años ha estado demasiado a la sombra, a merced de los grados del alcohol que ingería y que en el Monumental recobró su grandeza, como si los años nunca hubieran pasado, como si fuera aquel chiquillo que asombraba a propios y extraños a principios de los noventa con la banda sangre en el pecho. Sí, Ariel volvió a ser figura en Núñez, en una gran cita. Ariel volvió a echar abajo Núñez, de nuevo arrancó los olés de las plateas desbocadas, a herir a Boca y dar a River una victoria que necesitaba como el comer. Ariel retornó para ser líder y darle a Passarella su última oportunidad, porque la derrota de Independiente deja al Millo a sólo seis puntos del liderato y en este Apertura loco puede pasar cualquier cosa.
Ortega es como los grandes toreros. Tiene tardes negras, pero cuando cuenta con su día deleita con sus capotazos. Ayer mostró todo su talento, exhibió su fútbol creativo, repartió juego en el centro, asistió, siempre respaldado por Ahumada, muy bien en la contención. Ortega se creció. Ortega dribló, gambeteó, levantó a la gente de sus asientos, jugó con la inteligencia y madurez que le han aportado los años y con el descaro de su juventud. Al son del Burrito River apabulló a Boca desde el principio. Así llegó el primero, con un pase de Belluschi a Falcao. Enorme el colombiano definiendo con un zurdazo ante el que Caranta nada podía hacer y prolongando su inmaculado estado de gracia.
River seguía jugando bien y Ortega sólo podía ser parado mediante faltas. Patadas también recibió la gran apuesta de Passarella, Buonanotte, un chico de 19 años y corta estatura que debutaba de titular ni más ni menos que en un Superclásico. Y vaya debut. Tras un comienzo dubitativo sacaba todo su repertorio de calidad. Habilitado por Ortega fue objeto de penalti poco después del 1-0. Ariel lo mandó adentro a la segunda, tras fallar en el primer intento y ordenar el linier que se repitiera el lanzamiento al considerar que Caranta se había adelantado. Gritaba el burrito el segundo tanto con todo lo que tenía en el alma y gritaba la hinchada millonaria, castigada de forma incluso cruel en las últimas semanas por el mal hacer de su equipo. River vivía una fiesta y Boca se mostraba incapaz de reaccionar, sobre todo porque la disposición táctica que había preparado el Kaiser esta vez sí salió bien. Arriesgo poniendo a Ponzio en el lateral izquierdo para frenar a Palacio y ni rastro del bahiense. A Palermo no le llegó ni una y Gracián quedó totalmente anulado. River pasaba por encima de un Xeneize que con el 2-0 ya había entregado la cuchara.
Para colmo al filo del descanso la única esperanza visitante, Ever Banega se autoexpulsaba absurdamente. Si con once jugadores el partido no tenía historia, con 10 mucho menos. River daba y seguía dando, la gente no paraba de entonar olés, Ortega le hacía un caño magistral a Paletta, pero era Buonanotte el que rozaba lo onírico cuando se la metía por debajo de las piernas al Neri Cardozo, con un giro angelical, que recordó al que Riquelme hace siete añitos le hizo a Yepes. Pues eso, la venganza siempre en plato frío.
El Superclásico fue eso en líneas resumidas. En el Superclásico acertó Passarella contra todo pronóstico. Ahora el Kaiser respira un poco más tranquilo, sobre todo porque alarga su imbatilidad desde que regresó a los banquillos de Núñez ante el eterno rival. Y sobre todo el Superclásico deja la confirmación del pequeño Buonanotte y la vuelta de Ortega que se dedicó a hacer ‘burradas’, que derrochó inteligencia, que vio los espacios como nadie y que dirigió con maestría una orquesta que no paró de encandilar a su emocionada gente con fina melodía.
Fuera aparte de la exhibición de Ortega y su banda, hubo varias cosas a resaltar. Por ejemplo, el inmejorable aspecto de El Monumental antes del encuentro, con 185 cintas blancas y rojas que iban desde las tribunas altas hasta las barandas más bajas. River fue una fiesta desde el principio y acalló a los hinchas de Boca, cuyos principales miembros de la barra se desplazaron a Núñez en el autobús descapotable con el que el equipo suele celebrar sus festejos. ¿Casualidad? Yo diría que no.
No hubo incidentes entre aficionados, pero sí con la policía, porque muchos barras xeneizes iban con entradas falsificadas. Forcejeos, peleas y hasta 150 detenidos. Las fuerzas del estado estuvieron esta vez implacables, pues de hecho el dispositivo no era para menos. 1.300 policías custodiaron la seguridad en barrio River, a donde no era posible acceder sin contar con la entrada del encuentro. El espectáculo en las gradas se acrecentó con los goles del local. Cuando el conjunto millonario saltaba al césped en la segunda mitad, dos toneladas de papelitos eran tiradas al césped, realmente espectacular la postal de El Monumental, cantando, vibrando, acordándose de Riquelme, del Mellizo Guillermo y de tantos otros. Fue en definitiva una fiesta total para River, que celebró poco después la derrota de Independiente. Hablar del Apertura ahora no es una locura para los millonarios, aunque mucho tendrá que mejorar fuera de casa el equipo de Passarella si quiere remontar. Además, que nadie aparte los ojos de Tigre y Lanús, éste último a sólo un punto del Rojo, que vienen pegando muy fuerte desde atrás. En seis puntos hay hasta siete equipos. Como diría aquel, mejor imposible.
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#1 | Escrito por A ritmo de Tango: Banega y su coherente marcha atrás | 16 oct 2007 11:40:09
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