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13 diciembre 2007
Cuando quiere deleita y no tiene topes

Es difícil, sumamente complicado, que un equipo dé dos versiones tan alejadas en un mismo partido. Los gritos de Manolo Jiménez en el descanso debieron romper los bohemios cristales de toda Praga, porque el cambio de actitud y juego del Sevilla en la segunda parte en el choque de ayer ante el Slavia fue sencillamente abrumador. El primer periodo nervionense fue, por decir algo, sombrío. Sólo Diego Capel, que volvió loco a su par desde que arrancó el choque, puso por su banda algo de luz a un encuentro opaco para los visitantes. De Londres llegaban noticias poco esperanzadoras. El Arsenal ganaba y al Sevilla sólo le valía la victoria si quería cerrar la fase de grupos como líder. Las esperanzas, sin duda, eran exiguas. Al equipo no se le veía, a Martí y Renato los separaban metros insalvables y si alguien merecía marcar desde luego no eran los andaluces.
Pero en el segundo acto todo cambió. Fue como una metamorfosis. El Sevilla era un gusano de seda y se convirtió en una alegre mariposa dispuesta a surcar los cielos de la gélida noche checa. Diego Capel tiene 20 años, pero ayer demostró que arrestos le sobran para tirar del carro cuando haga falta. El almeriense dio rienda suelta a todo el fútbol que lleva dentro y demostró que si está inspirado no tiene techo. La banda izquierda era una autentica autopista sin límites de velocidad, desde donde no cesaban de caer balones francos, que Kanouté y Koné no acertaban a rematar. Jesús Navas se animó y también se incorporó a la fiesta. Y cuando este equipo funciona por sus dos costados, resulta prácticamente imposible de contener.
Sin embargo el tanto se resistía. Jiménez supo leer el choque y sacó a escena a Luis Fabiano, posiblemente el delantero más en forma de Europa. Y el brasileño brilló por enésima vez. Tuvo que esperar, eso sí, a que saliera Maresca por Renato, que dicho sea de paso, estuvo bastante apagado, y nunca se entendió con Martí. El italiano es un erudito del cuero con una especial clarividencia a la hora de encontrar los espacios. Ni siquiera su discutible estado de forma contrarresta su talento. Así se desequilibró el choque, con un pase de Enzo y un latigazo cruzado de Luis Fabiano, que en sólo ocho minutos ponía las cosas en su sitio.
No hay palabras para definir el estado de gracia en el que se encuentra el delantero paulista. Le sale todo. Enchufó la primera que tuvo, pero es que además de nuevo dio un concierto de estupendos giros ante defensas impotentes y colaboró a engrosar la cuenta con un toque de primeras a Kanouté, después de una enorme jugada de Capel, para que el malí hiciera el 0-2. El Sevilla continuó gustándose, pintando fino en un lienzo con toda clase de tonalidades alegres para que todo acabara en un 0-3 colorista y cautivador. Porque este Sevilla cuando quiere seduce y enamora. Seduce Luis Fabiano, que convierte en oro todo lo que toca. Seduce Capel, que corre la banda con un estilo atípico pero bombea al área balones con certero marchamo de gol. Seduce Maresca, al que se le ve una agudeza mental que se le echaba de menos. Seduce Kanouté con su fútbol primoroso y a la vez solidario… No seduce tanto, en cambio, su defensa, que ayer no obstante estuvo bastante correcta y en la que Mosquera poco a poco se va consolidando.
Enamora este Sevilla, en definitiva, que pasa a octavos como primero de grupo por encima de todo un Arsenal. En Praga demostró que es capaz de hacer lo mejor y lo peor incluso en noventa minutos. Si esa segunda parte se hace extensiva a la Liga todavía hay esperanzas de ver al gran Sevilla de temporadas anteriores. El problema es, sin duda, que el cambio de chip de Champions a Liga y viceversa aún no se domina con cotidianeidad en el Sánchez Pizjuán, un pequeño gran detalle éste, a limar cuanto antes.
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