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29 febrero 2008
Tras las huellas de Florian Albert
El 15 de Julio de 1966, durante el mundial de Inglaterra, el mítico Goodison Park se encontraba lleno hasta rebosar, en el ambiente se palpaba la excitación. Los asistentes se encontraban ante la oportunidad de ver al Brasil de Tostao, Djalma, Garrincha y un jovencísimo genio que había convulsionado las islas en el primer partido, Pelé. La exhibición esperada no sólo no se repitió, al contrario, Brasil fue borrada del campo y derrotada por 3-1. Un hombre se encargaría de acaparar todo el protagonismo destinado a “O Rey”, más brasileño que los propios integrantes de la canarinha, Florian Albert salía ovacionado del estadio. Era el delantero centro de una Hungría que pasará a la historia.
Pocos pueden adivinar hoy en este pequeño país centroeuropeo sin hechos futbolísticos relevantes desde hace más de treinta años, la potencia futbolística que representaron en los primeros giros del balón. El tridente formado por Bene, Albert y Farkas infundió miedo en las islas durante las tres semanas que duró el mundial. Antes, en los 50, figuras como Puskas, Bozsic y Kocsis habían cimentado el poder magiar derrotando por primera vez a Inglaterra en casa.
La actuación de Albert en aquel partido, alcanzaría la categoría de sublime y le daría a conocer internacionalmente. Su jugada en el tercer gol fue, en palabras de Garrincha, una de las más bellas que jamás había visto. Pero la historia de este genial jugador va irremisiblemente unida al Ferencvaros, que es decir todo dentro del fútbol húngaro. Situado en el distrito número XI de Budapest, las águilas verdes, como son conocidas, han sido los absolutos dominadores del fútbol húngaro desde sus inicios. Entre las leyendas acunadas en el Ullöi figuran Kubala, Szucs o Czibor.
Todos ellos optaron por cruzar el telón de acero tras la invasión rusa de 1956. Albert por el contrario permaneció en el club desde su debut, con sólo 16 años, en 1958 hasta 1974. En la segunda mitad de los sesenta llegaría su plenitud, con cinco ligas y una Copa de Ferias, único título internacional conseguido por un equipo húngaro hasta la fecha. En Budapest tuvieron el privilegio de disfrutar durante más de quince años de uno de las joyas del fútbol de la época.
Elegante, pausado e inteligente, contemplar las imágenes de Albert al retirar la capa de polvo, arrojan la evidencia de un gran jugador. Al igual que muchos delanteros centros de la época, como Di Stéfano, se retrasaba para dirigir las operaciones del juego como un mariscal que reflexiona para luego mandar cargar por sorpresa. Su alter ego más fiel era ruso y sólo podía contemplarse sobre una pista de ballet. Apenas un año antes de su Exhibición en Goodison Park, Nureyev ganaba el premio Nijinski, el más prestigioso para un bailarín. El arte hermana las disciplinas más dispares.
Con Hungría debutó en 1958, y participaría en los mundiales de Chile donde sería el máximo goleador junto a Garrincha y Masopust, e Inglaterra. En la eurocopa de España del 64 lograría el tercer puesto tras caer en semifinales frente a la URSS. En 1967, France Football se dignaba por fin a mirar hacia el pequeño rincón húngaro y le otorgaba el Balón de Oro por delante de Sir Bobby Charlton. En 1969, se fracturaba un pierna en un partido contra Dinamarca, y el fútbol mundial se perdía al bailarín húngaro que nunca volvería a recuperar su antiguo nivel.
Han caído los años, Albert vive apartado del mundo en Budapest, Nureyev murió en París hace más de veinte años víctima del sida, y el Ferencvaros agoniza en la liga húngara, al borde de la desaparición, acosado por los problemas financieros. Sin embargo, nunca se olvidará el día en que un genio del Este se puso a bailar e hizo olvidar al mismísimo Pelé.
En NdF|El fútbol y la guerra fría: los ases buscan la paz
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Tags: Balon de oro, Ferencvaros, Florian Albert, Kubala, Pele, Puskas
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