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11 junio 2006


Sobre la palabra, Angola y Kapuscinski

Galder Reguera

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La palabra, y sobre todo la palabra escrita, es el modo que tenemos los seres humanos de luchar contra el tiempo. Todo lo que para nosotros tiene importancia, todo lo que creemos que de algún modo debe permanecer, todo lo que intentamos proteger contra el paso inexorable del tiempo que conduce al olvido, lo protegemos con ese precioso envoltorio que es la palabra.

Sabemos de la guerra de Troya, comprendemos sus motivaciones, entendemos el sufrimiento de aquellos que allí perecieron sólo gracias a la Ilíada. Sólo gracias a Heródoto sabemos de la lucha de los griegos por su supervivencia frente a la potencia persa. Sólo gracias su “Historia”, a las palabras recogidas dificultosamente en rollos de pergamino en el ocaso cansado de una larga y dura vida de viajes, podemos saber de lo entonces sucedió, dos mil quinientos años después. Sólo gracias a ese trabajo las vidas de Zópiro (la terrible historia de Zópiro, que se automutiló salvajemente para poder servir a Darío en la toma de Babilonia), de Tomiris (reina de los maságetas que acabó con Ciro, en una batalla en la que todos perdieron), o de Jerjes (que, al ver formar a todo su ejército pensó que en cien años todos habrían muerto, y lloró amargamente el destino de los humanos) tienen sentido.

Nada sucede si no hay nadie allí para contarlo.

Con el fútbol sucede igual.

Un partido de fútbol se convierte en un gran acontecimiento dependiendo de la capacidad que tenga para propiciar grandes historias. Esta capacidad atañe, claro está, a aquellos que están ahí de espectadores, de cronistas. Porque un partido de fútbol se ve siempre para contarlo después, para comentarlo, para revivirlo continuamente. Uno se reúne con sus amigos y, con contenida emoción, relata que ayer sufrió como un trinitense más a cada acometida sueca. Otro, coge la pluma e intenta mostrar con palabras escogidas, extraídas de las crónicas épicas, la carambola del destino que llevó a un guerrero casi retirado, tras la caída del que era el primer elegido, a defender las puertas de la ciudad: “y las defendió como un héroe”. Cada uno a su manera, cada uno en su medio, en su foro, pequeño o grande, narra su historia, cuenta su visión de los hechos, única e intransferible. El partido se convierte, de este modo, en materia a partir de la cual extraer historias en las que, como en la buena literatura, hay tanto de grandeza y de miseria como en la misma vida. Se convierte en anécdota desde la que hablar de la única historia de la que siempre partimos y a la que siempre llegamos, a la del ser humano, la de cada ser humano: la historia de una vida.

Hay partidos que por su carga simbólica (extraída de la historia de los equipos que se enfrentan, de sus jugadores, de enfrentamientos futbolísticos previos, etcétera), son enormes aún antes de disputados. Uno de esos encuentros cargados de tal intensidad simbólica que perdérselo es un delito, es el que hoy se disputará en el estadio Muengersdorfer de Colonia. Hoy Portugal se enfrenta a Angola.

Es un duelo entre hermanos que no siempre se han llevado muy bien. Sobre todo porque el hermano blanco se empeñó en decidir el destino del hermano del negro durante demasiado tiempo. Angola fue colonia portuguesa desde 1575, donde los lusos establecieron un puerto para la exportación de esclavos que llamaron São Paulo de Luanda (se calcula que hasta cuatro millones de angoleños fueron enviados a América como esclavos por los portugueses) y lo fue hasta 1975, cuando tras catorce años de guerra alcanzaron una independencia que, como tantas otras en el continente, desembocó en una terrible guerra civil.

Yo (entre muchos otros) he vivido “de alguna manera” aquella guerra civil. Al igual que en su día hice míos los sufrimientos de Zópiro o Tomiris a través de las páginas de Heródoto, también sufrí con los destinos de Diógenes, Farrusco, Ndozi, Batalha, Óscar o Dona Cartagena, actores anónimos de una guerra olvidada por occidente, cuyos sufrimientos los salvó del olvido la genial pluma del reportero polaco Ryszard Kapuscinski, en su gran obra “Un día más con vida”. Por eso, porque gracias al reportaje de Kapuscinski (que estaba allí luchando contra el olvido de algo que no debe olvidar, que toda su vida ha estado dedicada a que occidente conozca la Historia del otro), uno supo en su momento del sufrimiento terrible del pueblo de Angola, hoy, día de partido, me siento uno más de ellos.

Sin demonizar a Portugal (tierra de grandes hombres, que, no olvidemos, también es tierra de acogida para sus hermanos angoleños), hoy quiero que gane Angola. No es una venganza, ni debe serlo. Es una revancha deportiva. Una revancha no contra Portugal, sino contra el Destino, contra la Historia. Si hoy ganan, los angoleños podrán sentir, sólo por un día, que son vencedores. Será una victoria simbólica, virtual, que en nada cambiará la dura realidad del país, que en nada cambiará los sufrimientos de sus habitantes. Pero por unas horas, al menos, el hambre punzará menos, la miseria no será tan inmediata, el mundo no será un lugar tan horriblemente hostil. Durante unas horas, la realidad se tornará secundaria, el fútbol será lo primero.

Y como culmina Kapuscinski el texto que al final citamos, a modo de anzuelo para que os animéis a leer algo de este magnífico escritor, está bien que sea posible olvidarse de todo.

Y hoy, es posible olvidarse de todo.

843392558X.jpg“[…] En la parte inferior de la balaustrada están, de pie, los prisioneros del FNLA, esos ciento veinte hombres que esta mañana han caído prisioneros durante la batalla por Caxito. En el lado exterior, el que da a la calle y a la plaza del mercado, están sus guardianes del MPLA. Una veintena escasa.
Los prisioneros y los guardianes mantienen una conversación muy animada: discuten sobre el resultado del partido de ayer. Ayer domingo, en el estado de Luanda, el Benfica ganó al Ferroviario por 2 a 1. Este último equipo, que desde hace dos años no ha sufrido ninguna derrota, abandonó el campo en medio de los silbidos de sus propios hinchas. Perdió porque su principal delantero centro, el rey de los goleadores, Chico Gordo, dejó el club y ahora juega en Portugal, en el Sporting de Braga.
Habrían podrido ganar.
No habrían ganado.
¡Qué Chico Gordo ni qué ocho cuartos! Norberto no es peor y aún así ¡han perdido!
Los muchachos discuten, se pelean, divididos en dos bandos. Se sacarían los ojos unos a otros. Sólo que ahora la línea divisoria no pasa a lo largo de la balaustrada. El Ferroviario tiene a sus hinchas tanto entre los prisioneros como entre sus guardianes. Y en el segundo bando, el de los hinchas del Benfica que ahora celebran su magnífico triunfo, también se mezclan presos y carceleros.
Es una discusión ardiente, llena de apasionamiento juvenil, igual que las que se producen entre muchachos que salen de un estadio después de un partido importante y que se pueden observar en cualquier parte del mundo. Enzarzado en una discusión así, uno se olvida de todo.
Y está bien que sea posible olvidarse de todo.
Que sea posible olvidarse de esa batalla que ha hecho que ahora seamos menos, tanto en éste como en el otro lado de la balaustrada de hormigón. Olvidarse de las redadas que montan los soldados de Mobutu. Y de que tenemos que madurar para la guerra, para que cada vez haya menos tiroteos a ciegas y cada vez más muerte”.

“Un día más con vida”, Ryszard Kapuscinski, p. 54-55. Anagrama, Barcelona, 2003.

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Comentarios (2) | Trackback


Comentarios

Muy bueno el artículo. La verdad es que, si una cosa buena tiene el Mundial, es poder ver a estas gentes, habituadas a vivir con el sufrimiento como compañero cotidiano, reír y disfrutar con los colores de su selección. Y Kapuscinski es todo un ejemplo para quien ame el mejor Periodismo, puesto que, gracias a su encomiable labor, se han conocido muchas de las atrocidades ocurridas en África y a las que el 'primer mundo' sólo le presta atención de cuando en cuando.

#1 | Escrito por Matías | 11 jun 2006 16:53:10

no me parece nada bien lo que dice mi compañero matias

#2 | Escrito por edju | 11 jun 2006 18:13:01

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