Seguimos soñando

8 comentarios

cielo oscuro

Miraba por la ventana cómo el viento mecía la hierba. El cielo, oscuro, dejaba caer incesantemente sus gotas sobre el verde prado que acompañaba su casa, en las afueras de Santander. Sus amigos estarían al abrigo del techo y el calor de sus hogares, pero él, que apenas contaba once o doce años, sujetaba el balón con las manos esperando un resquicio del tiempo que le diese permiso para salir y poder jugar con su infatigable compañero, ya algo roído el cuero por sus avatares. Aquella vieja portería de madera esperaba la ocasión.

Eran tiempos novedosos en el fútbol español: un equipo llamado Deportivo de la Coruña, del que apenas había oído hablar antes, trataba de tú a los grandes habituales y peleaba con ellos por lo más alto. Sabía que su procedencia era modesta y que recientemente había formado parte de la segunda división, pero para él, que comenzaba a ver con más interés a sus ídolos por televisión, aquella escuadra blanquiazul ya le parecía un grande más, y esa impresión quedaría grabada.

Por qué no, pensó, cada cierto tiempo un equipo haría bien las cosas y sería elegido para formar parte de la élite. Soñaba con que algún día, cercano, le tocase el turno a su Racing, y que el equipo santanderino se equipararía a Real Madrid, Barcelona, Valencia, Atlético de Madrid o, cómo no, el Deportivo. Veía a Bebeto, Fran o Mauro Silva hacer frente a los colosos blanco y azulgrana, y se imaginaba un futuro donde las camisetas verdiblancas también llegarían a igualarse con ellos.

Lo tenía todo pensado: al igual que el Superdépor, el Racing también tendría un apodo que diese cuenta de tal hazaña. En lugar de Bebeto, fantaseaba con la idea de que algún capricho del destino situase a Roberto Baggio, ídolo entonces, a la cabeza de aquel Racing que triunfaba en los estadios de su imaginación. Y como cualquier grande que se precie, el equipo cántabro tendría su propio torneo veraniego: se llamaría Trofeo Ciudad de Santander, y a él acudiría cada mes de agosto un grande de Europa para medir sus fuerzas con el poderoso Racing. El primero sería el Milan de Fabio Capello.

El cielo decidió sentarse un instante a descansar, y el agua dejó de caer de su lóbrego abrigo de algodón. Vio en ese momento la oportunidad perfecta para salir a dar unos toques al balón. Su mente representaba la escena en la que formaría parte de un Racing campeón mientras pateaba el esférico hacia la portería de madera. El césped, mojado, facilitaba su camino mientras el cielo parecía avisar de la cercanía de otra tormenta más. Su sed de fútbol había bebido de aquel momento en el que la lluvia le permitió salir al césped.

Comenzó entonces a llover con fuerza a la vez que disparó fuerte y desviado, tanto que se perdió en el prado contiguo, donde la hierba estaba muy alta. La noche había empezado a ganarle al día la partida, el viejo balón no se asomaba a la vista y la intensa lluvia no permitía pararse mucho tiempo bajo sus gotas. Tuvo que volver a casa sin el balón con el que había soñado un gran futuro para su equipo. Aquel instante se perdió en el tiempo, pero permanece en la memoria, como aquellos años en los que el Deportivo tuteó sin complejos a los grandes de siempre. Hoy, diecisiete temporadas después, el equipo gallego ha bajado a segunda división, y con él, una parte de aquellos años donde parecía que en el fútbol podría pasar cualquier cosa.

Quizá los niños que empiezan o han empezado a ver fútbol en los últimos años vean al Villarreal o al Sevilla como aquel niño veía al Deportivo: como un grande más sin tener en cuenta su historia anterior, sino un presente donde pelea con los más grandes. A ellos les cuesta imaginarse una primera división sin Villarreal o Sevilla, como a aquel crío le parecería inaudito ver al club gallego en segunda. En cualquier caso, fue aquel equipo de Arsenio Iglesias el que plantó cara a los dos grandes en liga, club que años más tarde consumaría la gesta bajo las órdenes de Irureta.

Hoy, pasados los años, aquel niño que jugaba en el césped no verá al Deportivo como un grande más, sino como un ejemplo de superación donde el pequeño puede llegar a derrotar al grande, la esencia misma de un deporte que ha perdido buena parte de su razón de ser en pos de convertirse en un espectáculo para las masas. Una película donde los protagonistas son cada vez más protagonistas y los secundarios más secundarios, sin apenas oportunidad para robarle algún plano a las estrellas. Un circo donde el balón ha perdido peso en el debate y es tan sólo uno más en la función.

Al día siguiente volvió a salir a la calle. Las nubes habían cumplido ya su cometido y el sol lucía acompañado de un azul sin reparos. Sus rayos iluminaban el verde y entró en el césped de al lado, cuya altura alcanzaba su cintura. Tras unos minutos buscando, apareció por fin aquel viejo balón de cuero ya desgastado. No se le ocurrió ninguna razón por la que no podría pasar un rato jugando al fútbol. Todo volvía a empezar.

Foto | JC i Núria

Anunciate aquí
Anunciate aquí
Anunciate aquí

¿Quieres saber más?

Fichas

Información de Fichas relacionados con el artículo

Ver más

Artículos

Artículos relacionados que probablemente también te interesen

Ver más

Respuestas

Preguntas sobre este tema que ha contestado la comunidad

+ Deja tu comentario

Comentarios

Escribir un comentario

Para hacer un comentario es necesario que te identifiques: ENTRA o conéctate con Facebook Connect

Anunciate aquí

WSL Weblogs SL