Privilegiado del lugar donde nací, en Galicia, de los padres que me tocaron, Maria Teresa y Jaime, del hermano que tengo y al que vacilo y quiero a partes iguales, Rafael, y la chica que lo es todo en cuerpo de mujer, Ana Belén.
Pertenezco a la generación del 84, la de Iniesta, Fernando Torres, Moyá, Melli o Diego León. Desde niño me enganchó el fútbol. Crecí en un ambiente muy madridista y las enciclopedias de fútbol cubiertas de polvo en casa de mi abuela me enseñaron la historia de los más grandes.
Más que un golazo o un magnífica jugada, me llenaba por completo el debut de un canterano. Siempre recordaré a Velasco o Morales, canteranos merengues. Los primeros pasos de un Rivera que aún conserva el título honorífico de ser el jugador más joven en debutar con los blancos.
La primera vez que tuve un ordenador en las manos se puede decir que jamás lo solté. Las partidas con mi hermano al PC Fútbol se convirtieron en una religión que pasados los quince años todavía "rezamos" como el primer día. Mientras Rafa apuntaba maneras de Florentinista fichando a los Cantona, Chilavert o Savio a golpe de talonario mi apuesta por la cantera era clara y convicente, optando por gastar los cuartos en ojeadores de nivel y entrenadores juveniles de calidad.
Mi corazón no es rojo, es granate como el color de la camiseta de Pontevedra C.F. Desde siempre me tiró mucho los jugadores de la cantera, los chavales que apuntaban. Luego vino los torneo de Brunete. Siempre seguí mucho más a los equipos inferiores que a la selecciones inferiores. Pienso que once nacionales ganarían a once no nacionales y que once canteranos ganarían a once nacionales. La perfección de cualquier club es tener tu equipo con jugadores de casa.