Algo ha cambiado en el Atlético de Madrid. Al menos, el conjunto rojiblanco no parece ahora ese equipo ramplón, torpe y desesperante que era hace no muchos partidos atrás. Las piezas siguen siendo básicamente las mismas, pero la incorporación del portugués Tiago en el mercado invernal ha dotado de mayor consistencia a ese centro del campo tan desorientado. Incluso Paulo Assunçao está ofreciendo una mejor cara, cuando hace un mes exasperaba a la mayoría de los atléticos con sus pérdidas de balón, su falta de sentido creativo y sus reiteradas tarjetas. Aquí, la llegada de su compatriota ha equilibrado una tarea que, como muchos alegan en su defensa, recaía únicamente sobre el ex del Oporto.
En la portería, el jovencísimo De Gea ha dotado de una mayor seguridad a la defensa, una línea en la que otro canterano se ha hecho el jefe: Domínguez. El central es el mejor defensa del Atlético, al menos, el que más ha sorprendido y entusiasma a la grada. Perea, que un día prometió no complicarse más la existencia, parece que ha ganado en confianza, aunque he de reconocer que no vi el partido en Almería y, por lo tanto, no sé qué ofreció cada uno. Tal vez la liara el colombiano y no soy consciente, pero en los últimos encuentros recuerdo que incluso jugó al pie con algo de tranquilidad en lugar de recurrir al patadón de siempre —aunque sin desestimar este recurso, sólo faltaba—. Algo que reprochar a Domínguez, tal vez, sea las muchas tarjetas que recibe. Alguna vez salió expulsado, y, ahora, se pierde dos duelos importantes, ante el Galatasaray en la Europa League y ante el Valencia en la Liga.