
Épico, heroico, legendario… La victoria por 2-1 del CD Mirandés ante el Espanyol, que le da el pase a semifinales de la Copa del Rey, ha acaparado todo tipo de calificativos intentando hacer justicia al tamaño de su gesta. Pero en realidad no es necesario bucear en los diccionarios para definir lo que ha sido esta eliminatoria. Basta con decir, sencillamente, que el fútbol ha sido justo. Ha sido justo porque, sin pararnos a mirar jugadores, presupuestos, estadios o masas sociales, ha vencido el que mejor ha jugado a lo largo de 180 minutos.
Cuando un equipo de Segunda B es capaz de eliminar a tres conjuntos de Primera —Villarreal, Racing de Santander y Espanyol—, significa que hay algo más aparte de grandes hazañas o fortuna. El Mirandés ha demostrado que es un equipo con un potencial mucho mayor que el de la categoría en la que se encuentra, y que simplemente está acusando lo difícil que es salir de la Segunda B.




Corría el minuto 84 y el resultado no podía ser más extraordinario: el equipo pequeño, el Mirandés, lo había vuelto a hacer: complejos fuera y a ganar al grande. Éste, que no era otro que el Espanyol, veía como muchos de sus aficionados enfilaban el camino hacia el coche, desesperanzados tras el segundo tanto de un rival de inferior categoría que había asaltado Cornellá, rumbo a sus respectivos hogares.


