Es muy posible que esta generación tenga que arrepentirse no sólo por las virulentas palabras y los actos violentos de los malvados, sino sobre todo del vergonzoso silencio y la indiferencia de las buenas personas que permanecen sentadas esperando el momento.
La mayoría de vosotros ya habrá visto la desagradable situación que creó una pandilla de radicales en una de las gradas del Reyno de Navarra en los prolegómenos del partido que el fin de semana pasado disputaron el CA Osasuna y el Real Madrid. Poco se puede decir que no se haya dicho ya de esa media docena de neanderthales; es más, no hace falta más que ver las imágenes, porque ellos mismos se califican con sus actos.
Pero donde yo quiero poner el foco no es en ese grupito de violentos, sino en la pasividad de la inmensa mayoría de personas que contemplaron la escena. Durante los varios minutos que dura el ataque de los radicales al pequeño grupo de aficionados merengues apenas un par de individuos interceden por los amenazados, mientras que decenas y decenas de personas presencian los acontecimientos sin mover un solo dedo.









