Del amor al odio y viceversa, dicen, hay un paso. Una finísima línea tan fácil como difícil de cruzar y que, a veces, aunque uno no quiera, traspasa. Es lo que sucede cuando una razón tan aplastante como conquistar una Eurocopa acalla todas y cada una de las críticas, de los malos momentos, de aquello que en aquel momento parecía la mejor idea. Sólo un loco, Ángel María Villar, tuvo la valentía o a saber qué, de mantener a Luis Aragonés cuando éste había presentado su dimisión. Nadie quería al Sabio después de ‘lo’ del Mundial. Porque prometió que se marcharía si no superábamos los cuartos y no cumplió su palabra. Lo que entonces era una decisión que causaba pavor entre una afición desangelada se ha convertido en la mejor noticia en los últimos años. No hay una promesa incumplida con mayor éxito que la que incumplió Luis, un Sabio, ahora sí, que nos ha tapado la boca a los escépticos y a los que hace dos años reclamábamos su adiós.
Pero si un patrón ha seguido Luis Aragonés en todo este tiempo es el de sus ideales. Su cabezonería, quizá. Ser fiel a un pensamiento en el que muy pocos creían. El camino a la Eurocopa no fue de rosas. En el trayecto lo pasamos mal, nos clasificamos a última hora. Nos quejamos de la ausencia de algunos pesos pesados, de algunos futbolistas que por historia o por calidad merecían estar entre los elegidos. Pero Luis quiso morir con sus ideas. Él creyó en él. Y ese fue su mejor valedor.





