La memoria selectiva tiende a recordar los fracasos a los éxitos. En mi relación con el fútbol, de niño que es cuando de verdad este deporte te apasiona, duele pensar en la gran Brasil del 82 doblando la rodilla ante Paolo Rossi, el balón que se le escurre por debajo del cuerpo a Arconada, el mejor de aquella Eurocopa, en la falta que le lanzó Platini en Francia 84, la incapacidad de la selección de meterle más de un gol a Bélgica en Mexico 86, y perder otra oportunidad de estar en semifinales… Pese al buen torneo realizado, se recuerda más el fallo de Arconada o el penalti de Raúl, por poner dos ejemplos. Pero la memoria selectiva de la selección, en la fase final de la Eurocopa, tiene sus momentos de gloria, y esos instantes solemos juntarlos con recuerdos propios sobre lo que estábamos haciendo aquel día.
En la historia reciente, las jóvenes generaciones recuerdan el gol de Alfonso a Yugoslavia, 60 tíos en un bar saltando con el gol y abrazándose, por lo que suponía de remontar un partido que nos eliminaba. Algo parecido ocurrió en Francia 1984, celebración más íntima y en familia, con dos héroes por encima de todos Arconada y Maceda, sobre todo el gol de éste último a Alemania, en el último minuto, y que nos clasificaba para semifinales como primeros de grupo. Fue la segunda parte de un milagro que empezó con el 12 a 1 Malta.








“A Gigi Riva el pie derecho no le sirve más que para subir al tranvía”, Esta sentencia pronunciada por el mítico entrenador del Cagliari Manlio Scopigno, sobre su principal figura no dejaba de ser real. Sin embargo citar sólo una parte de la verdad constituye en ocasiones la mayor de las falacias. La desgraciada extremidad derecha de Riva que sólo le bastaba utilizar el transporte público no estaba sola. Contaba con una gemela, y esa gemela su izquierda, constituyó el arma más devastadora del calcio durante toda una década. La potencia de fuego de ese pie izquierdo provocó que el periodista Gianni Brera lo apodase “el sonido del trueno”.

