
Anoeta vuelve a disfrutar. Lo curioso del tema es que no ha necesitado una revolución en su plantilla, ni cambiar de entrenador, pese a las dudas que desde que llegó despertó Phillipe Montanier. Los donostiarras han preferido quitarle el prefijo y apostar por la evolución. Su fútbol es eso. Entrenar, entrenar y entrenar. Ser un grupo, una piña inquebrantable, lejos de las polémicas que le han podido acompañar a lo largo del curso. Y ahí está la Real Sociedad, echándose una cabezadita en puestos de Champions con la intención de no despertarse. Ayer, ante el Valladolid, Anoeta lo gozó como hacía tiempo que no lo hacía. Un espectáculo futbolístico en el que hubo presencia de goles, combinaciones, definiciones soberbias y sesión de tiki-taka.
No parece ser fruto de la casualidad, o de una simple buena racha. Se aventuraba una buena temporada cuando puso fin a la imbatibilidad del Barcelona allá por el mes de enero. Una maravillosa remontada que puso en pie el respetable txuri-urdin. Luego llegó la victoria en San Mamés ante el eterno rival, una gloriosa forma de despedirse de La Catedral. La semana pasada asaltó el terreno prohibido del Atlético, el Vicente Calderón, con un gol que quizá no debió subir al marcador pero chico, los árbitros, a lo largo de la temporada, te dan y te quitan. Y ese día, y sin que sirva de precedente, la ceguera colegial permitió sumar otros tres valiosísimos puntos. Y así hasta ayer, cuando escalando silenciosa y escandalosamente se toparon con la cuarta plaza. Y de ahí no quieren moverse.











