
Este viernes debería volver a echar a rodar la pelotita en Argentina con el comienzo del Apertura. Sin embargo, no es buena época para aquel fútbol, inmerso en una crisis de considerables dimensiones, fruto de una irresponsable gestión por parte de unas dirigencias que, salvo en contadas excepciones, nunca se han preocupado en cuadrar cuentas y siempre han jugado con unos márgenes de maniobra mucho más permisivos de lo que debieran. Y en el trasfondo de todo este huracán que sacude los campos argentinos y que ha retrasado el inicio de la competición una semana, se encuentra Julio Grondona, el mandamás de la AFA, un peso pesado en FIFA, vicepresidente, y un auténtico capo que maneja el fútbol de su país como el salón de su casa.
Pero comencemos por el principio. La historia es simple. La mayoría de los clubes argentinos, excepto Vélez, Estudiantes y Lanús, deben dinero a sus jugadores. Montan proyectos deportivos que son incapaces de sufragar económicamente. Ahí está la madre del cordero. Los futbolistas se quejan, acuden a agremiados, y agremiados alza la voz… Pero entonces aparece la AFA, organizadora de los torneos, que siempre calma las aguas y solventa los problemas de los clubes. Es un círculo cerrado. La AFA no es caritativa porque sí. Grondona es elegido por los presidentes de los clubes. Elección tras elección, resulta victorioso de forma unánime. Es lógico que luego él tenga que devolver favores a los que le mantienen en el cargo. Así funciona el juego, un sistema que llena de barro y mal olor la competición argentina, dando pie al todo vale. El fútbol argentino con Grondona al frente tiene mucho de mafia.












