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Dicen que a sonreír se aprende habiendo llorado mucho. Cansado de lo segundo, sobre todo durante un mes de febrero excesivamente largo para lo que se le supone, el Barcelona quiso agradecer a los suyos los malos momentos prestados con una remontada preciosa, con su versión pluscuamperfecta, aquella a la que se empezaba a desacostumbrar la parroquia culé. Un día para llorar mejor, de emoción; por el exceso de sonrisa, de euforia, del me froto los ojos y por si las moscas, me pellizco. Sencillamente, una noche antológica con el pase a cuartos de final de la Champions como coartada.
La principal premisa de los que saben de esto rezaba que para que las cosas salieran meridianamente bien había que marcar el primero de los tres goles que necesitaba el equipo de Tito Vilanova durante el primer cuarto de hora. Un tanto psicológico, dicen, que serviría para desplegar la alfombra roja que anoche, en plan estrella de Hollywood, transitó el actual líder de la Liga. En ese tiempo a Messi le dio tiempo de ser quién es firmando el 1-0 con un zurdazo a la escuadra y a sus compañeros, contagiarse de lo mismo con un vendaval de ocasiones e intensidad que dejaba bien claras sus intenciones a la par que rubricaba con un balón al palo de Iniesta y un posible penalti que el árbitro no señaló, el citado huracán. Con las cacareadas buenas sensaciones en el bolsillo y el rival anestesiado, el Camp Nou llevó en volandas a sus héroes con un incansable ejercicio de apego que no hizo otra cosa que sembrar más pánico en la ventaja italiana.
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