Lo que son las cosas: hace poquito más de un mes el Real Murcia vivía momentos de convulsión tanto en los terrenos de juego como en los despachos. El proyecto de Javier Clemente se derrumbaba como un castillo de naipes jornada tras jornada. La apuesta por el vasco en la Liga Adelante era la apuesta por un proyecto optimista, a corto plazo, en el que el ascenso a Primera División se convertía en el único propósito para el nuevo curso. Pero todo se torció a medida que pasaban los meses y el Murcia seguía aferrado a una racha de malos resultados que hervían la sangre de su afición, que no tardó en reclamar la cabeza del entrenador y, a poder ser, la de su presidente, Jesús Samper, empecinado en mantener a Clemente en el cargo.
La presión popular, pues, hizo el resto y terminó con el mandado de Samper al frente del club tras siete años. En su lugar tomó las riendas un hasta entonces miembro del Consejo de Administración, Juan Guillamón, quien en su llegada calificó ser máximo mandatario del conjunto pimentonero como un “caramelo envenenado”. Lo primero que hizo Guillamón fue hacer caso a la hinchada y mandar al paro a Javier Clemente, aún sin saber de dónde iba a salir el dinero para pagar su finiquito. Así, y con un equipo teóricamente fabricado para ascender pero en puestos de descenso a Segunda División ‘B’, nombró dueño del banquillo al técnico del filial, José Miguel Campos. Antes de la ‘revolución’, el Murcia encadenaba cinco partidos consecutivos sin conocer la victoria, con tan sólo 13 puntos en 16 jornadas disputadas.




Al final el premio (?) de contar con los servicios de Javier Clemente 

