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En los algo más de cuatro años que llevo plasmando en Notas de Fútbol mis pensamientos sobre esta locura denominada balompié, sólo recuerdo haber hablado en una ocasión del Gimnàstic de Tarragona. Fue en los principios, allá por 2007, cuando le dediqué unas líneas al club deportivo más antiguo de España (fue creado el 1 de marzo de 1886 y este año soplará las 125 velas desde su nacimiento). Por entonces, en la denominada durante el Imperio romano Tarraco, disfrutaba de su equipo en la máxima división del fútbol español después de un ascenso inimaginable a principios del curso anterior y pasar las naturales intempestades por los campos de Segunda B anteriormente. Aquel año empezó con Luis César en el banquillo y con una victoria en Montjuïc ante el Espanyol, pero como si se tratara de un castillo de naipes, o sencillamente, de un novato de la categoría al que le pudo la presión, se derrumbó con el transcurso de las jornadas. Su sustituto, Paco Flores, y los posteriores refuerzos invernales, tema del que trataba el susodicho artículo, no pudieron evitar el descenso y el sueño de regresar a Primera fue tan efímero como eterno el a veces cruel camino por la división de plata.
Cuatro años después de que los mejores equipos pisaran el Nou Estadi, de que las gradas se llenaran hasta la bandera, de que miles de aficionados se hicieran socios… la situación es bien distinta. Ahora los rivales son otros. Quizá carecen de relumbrón en su nombre, pero sobre el césped se dejan hasta el alma. La afluencia al estadio ha descendido de manera insospechada, convirtiendo en axioma que perder la categoría es sinónimo de perder seguidores. Sólo los fieles se guarnecen con su elástica grana y el escudo cosido al pecho, se arman la bufanda al cuello y gritan como posesos cuando el fútbol no les gusta o el árbitro de turno no señala lo que su corazón si hubiese pitado. La situación actual se parece a la breve pero intensa de 2007. Sin embargo, el nivel es otro y aquí, el que la hace la paga. Como entonces, Luis César tomó las riendas del equipo a principio de temporada, con la esperanza de reverdecer viejos laureles, hacer borrón y cuenta nueva tras aquel despido por inexperto en Primera y, por qué no, volver a creer en los sueños. Su segunda aventura, pero, no fue tan brillante como la de su primera etapa. Y pasó de ser el entrenador que ascendió al Nàstic en 2006 a ser el que lo dejó colista de Segunda en 2010. Como era de esperar, la directiva tarraconense lo cesó el pasado diciembre.
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