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Escribir de la selección española es un reto importante. Y es que es el orgullo mismo el que le impide a uno escribir de manera limpia y ordenada. Como periodista, me queda tanto que aprender que siento complejos a la hora de hablar de la Roja, pues por primera vez desde que la razón me permite darle uso es la Roja la que está por encima de todos nosotros. Y bien que nosotros somos los aficionados —dignos del oficio de la opinión—, pero Iniesta, Xavi y compañía han elevado esto del fútbol a su máxima categoría, dando un sentido mínimo a cada una de las palabras que tratan de retratarles. Que conste, digo aquí, anteponiendo a cualquier otra cosa, que nada nos sitúa por encima del triunfo seguro, menos aún en el cercano Mundial. Pero afirmo también que es un placer haberme sentido fiel a toda una historia de desencantos, porque ahora, con tantísima satisfacción encima y dentro, me siento merecedor de semejante deleite. Imagino, estoy seguro, que ustedes también.
Deberían cuidarse los términos, porque el España-Argentina de ayer poco o nada tuvo de amistoso. Menos, para los argentinos, que no dudaron en emplearse a fondo y con dureza para justificar que las rayas albicelestes se encuentran todavía en un rango superior a lo entendido. Pero quedó claro que esta Argentina no es un equipo. No implica que no lleven peligro los muy canallas —permítanme la expresión—, pues cuentan con todo un arsenal de recursos, explosivos los menos, demoledores en cualquier caso; pero están muy lejos de ofrecer un fútbol de conjunto. La intensidad, anoche, fue reveladora. Y desveló que esta España no está para festejos tontos, sino que está aprendiendo a festejar con motivos —que tome nota su Federación—. Cada vez que se da cita, su causa es un fútbol de precisión y velocidad, y la visita de los de Maradona era una ocasión propicia para demostrar que el equipo sigue andando sobre las mismas convicciones que le alzaron hasta donde ahora se encuentra. Pues sí, quedó bastante claro.
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