Ayer martes pudimos ver los dos lados de la moneda en el José Zorrilla. Por un lado la cara, con un Real Valladolid que dio una fantástica imagen y en el que se empieza a notar la mano de Javier Clemente. Por el otro la cruz, con un Sevilla que se va a pique y que va a tener que sudar sangre si quiere participar la próxima temporada en la Liga de Campeones.
No ocultábamos nuestro recelo al tratar la llegada de Clemente al banquillo vallisoletano. Sin embargo, y a pesar de que todavía queda mucho que nadar hasta llegar a la orilla, hay que reconocer que su mano ya se nota. No sólo en los resultados (cuatro puntos de seis posibles), sino en la imagen del equipo. Ante el Sevilla, el Valladolid ha parecido un equipo completamente diferente al de los últimos meses. Ha sido un equipo solidario, concentrado, incisivo y confiado. Durante los 70 minutos en los que duró la gasolina, los de Clemente pasaron por encima de su rival, y su ventaja de 1-0 al descanso fue muy corta a tenor de las ocasiones creadas.
Un equipo construido desde atrás, sólido y con mucho poderío defensivo por acumulación de hombres. Clemente tiene claro que la oportunidad para salir del pozo pasa primero por no encajar goles, y después aprovechar las ocasiones que se presenten. Ocasiones logradas a base de una gran presión y de balones largos a la espalda de la zaga rival buscando la velocidad de los puntas. Anotar dos goles (Costa y Manucho) es una buena cifra, pero quien haya visto el partido sabe que el Valladolid falló ocasiones imperdonables.


El fútbol tiene estas cosas: cuando uno acierta, no caben elogios para ensalzarlo, para auparle en el pódium de los héroes, ese tan frágil de desmoronarse como lo que tarda en llegar una actuación desafortunada. Andrés Palop vivió anoche la segunda parte del cuento: la amarga, la triste, la también difícil de olvidar. Acostumbrados los sevillistas a sus manoplas casi insuperables, a sus intervenciones salvadoras, lo de ayer fue como recibir un jarro de agua fría en medio del polo norte. Con una atmósfera europea, con tanto en juego, con tantas y tantas almas esperando el triunfo de su equipo, un extraño en el disparo de un tal Honda 
Hace tiempo que Manolo Jiménez no las tiene todas consigo en Nervión. El técnico de Arahal está completando números extraordinarios al frente del Sevilla, en cuyo banquillo lleva casi tres años, pero este hecho no ha sido suficiente para convencer a la afición. Un amplio sector del Ramón Sánchez-Pizjuán nunca ha confiado en él, y pese a que Del Nido llegó a definirle como el ‘Wenger español’, ni el tercer puesto alcanzado en la Liga la pasada campaña sirvió para despejar las dudas en torno a su continuidad. Lógicamente, los guarismos del equipo condujeron a su renovación con la entidad por una temporada más. Ahora, con el equipo cuarto en el Campeonato y clasificado para la final de la Copa del Rey, Jiménez sigue cuestionado.




