Una de las paradojas que tiene el fútbol, una de esas cosas que intrigan y que por mucho que se recapaciten no se acaban de entender, es la fragilidad del éxito. Lo poco que dura una hazaña, lo que cuesta lograrlo y lo efímero que parece su celebración. Los jugadores de la Selección estuvieron más de 50 días concentrados en un mismo objetivo, en una misma meta: convertirse en los mejores del planeta tierra. Días de sudor, días de esfuerzo tras una temporada, en la mayoría de los casos, más que sacrificada en sus clubes.
A ello hay que sumar una fase de clasificación eterna, que dura meses y meses, que habitualmente estropea el calendario para, en algunos casos, provocarnos algún que otro inesperado ataque al alma. Choques que aparecen cuando menos te lo esperas, que son pequeños granitos de arena que, si una vez en la fase final de un Mundial, se recopilan de forma brillante, se convierten en una infranqueable montaña. Jugadores que anteponen su selección a su equipo, futbolistas que lo dan todo por la bandera de un país que lo idolatra y que espera con ansia el fugaz momento.
Y éste, una vez ganado el Mundial, es el salir a la calle. El festejar por primera vez lo nunca vivido como si fuera la última vez. Porque se desconoce cuándo puede volver a ocurrir, porque el camino no ha sido de rosas. Hacer promesas imposibles y esquivarlas cuando llega la sorpresa. El disfrute es efímero, porque en el fútbol, éxito o fracaso, epopeya o pusilanimidad, dura, más o menos, lo que tarda en descorcharse una botella de cava tras la mejor noticia de nuestras vidas.









