Hubo un momento en el que la salvación del Real Valladolid se creía ya imposible. El equipo había entrado en una dinámica tan negativa que evitar el descenso a Segunda parecía una utopía. El tiempo demostró que la destitución de Mendilibar fue precipitada y equivocada. Rompió una forma de trabajar implantada desde hacía años en el club, y que le habían llevado a ascender a Primera con récord de puntuación. En su lugar llegó Onésimo, con buenas intenciones pero nula capacidad para implantarlas. El equipo se le iba de las manos, los problemas internos eran continuos y los resultados no llegaban.
Entonces el conjunto blanquivioleta recurrió a Javier Clemente. Llegó como una medida desesperada cuando la situación parecía inviable, pero el de Barakaldo demostró que sus métodos podían alcanzar el milagro. Y qué cerca ha estado de llegar. Hasta la última jornada se han albergado esperanzas, pero el problema estaba en acudir al Camp Nou, ante un Barça que se jugaba el título, con la necesidad de sacar algo positivo.

Tras haberse visto
Ayer martes pudimos ver los dos lados de la moneda en el José Zorrilla. Por un lado la cara, con un Real Valladolid que dio una fantástica imagen y en el que se empieza a notar la mano de Javier Clemente. Por el otro la cruz, con un Sevilla que se va a pique y que va a tener que sudar sangre si quiere participar la próxima temporada en la Liga de Campeones.
La impotencia del Real Valladolid al ver como se va 


