Perfectamente esa podría ser la frase dicha por un miembro de la Federación Madrileña de Fútbol a los padres de Mario, el niño que fue noticia por haber sido discriminado por un árbitro para jugar al fútbol por ser sordo.
Tras la entrada que publiqué dando mi opinión ante aquel lamentable suceso, en los comentarios indicastéis que el árbitro había obrado correctamente y que el error, si el reglamento era claro, estaba en el resto de los árbitros por haber permitido jugar al niño.
Durante toda esa entrada, en la que intenté explicar lo que sucedió para los que no estuvieron allí, defendía la tesis de que los reglamentos estaban para ser interpretados, como las leyes, y que en muchas casos no era conveniente ajustarse a ellas, sino que lo mejor era aplicar el dictamen del sentido común, ese que casi nunca falla.
¿Qué ha pasado finalmente? Que ante la presión de los padres, que lograron llegar hasta las televisiones (Cuatro y TVE), y que toda la prensa se hiciese eco de la noticia publicada por la agencia EFE, la Federación plegó brazos y aplicó el sentido común: homologar los audífonos con los que Mario juega al fútbol desde hace 6 años. Es decir, hacer lo mismo que hizo la UEFA con las máscaras usadas para proteger las fracturas de nariz, o las gafas de Davids, por ejemplo.
Como se puede observar, la solución era tan sencilla, que a uno le cuesta entender que se halla tenido que llegar a la lamentable situación que le tocó vivir a Mario por culpa de un árbitro con poca sensibilidad. Y es lamentable que en este país, que a veces parece mentira que sea tan avanzado, se tenga que denunciar esta situación, alcanzar presión pública por parte de las televisiones, para que la Federación aplique el sentido común, y busque como solución silenciar el problema, tratando de contentar a todo el mundo.
No es de recibo, pero así está el fútbol. Ejemplo del mal endémico que afecta a este país: no ver solución al problema hasta que éste se presenta. Al menos, uno desea que sirva de ejemplo, y que un niño no vuelva a vivir lo que pasó Mario. Al final es el único consuelo que te queda.


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