El Café Andaluz de Glasgow

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Cafe AndaluzEstaba a escasos metros de George Square, coqueta plaza del centro de Glasgow. Era un pequeño rincón de España, una esquina de Andalucía, un oasis para esos estómagos castigados por la difícil cocina escocesa, que no por ello mala, ni muchísimo menos. Se llamaba el Café Andaluz, aunque de café realmente tenía poco. No era un local excesivamente grande, pero más que llamativo, sobre todo para el sevillano que paseaba por el lugar. Se podía leer en una pizarra en la puerta que Gambrinus, el añorado para los exiliados hispalenses símbolo de Cruzcampo, vivía allí. Y Cruzcampo para un sevillano y muchísimos andaluces es una seña de identidad. Por ello, nada más entrar al local, daba la sensación de que uno estaba en Nervión, a la vera de la Gran Plaza, esperando que llegara la hora D del día D para animar a su equipo del alma.

Pero no. No sólo había sevillistas. Muchos espanyolistas se sumaban a la fiesta, contribuían al hermanamiento general que a lo largo de la semana se dio entre ambas aficiones en ese sitio raro, medio pub inglés, medio bar español, con azulejos andaluces en las paredes y lámparas más bien orientales. Detrás de la barra, en forma de u, Diego, un simpático canario, repartía a diestro y siniestro pintas de Cruzcampo, la única cerveza que se podía tomar en el local. Sí, la única. Nada de Carling, nada de Foster, nada de Guinnes… La única excepción era, y duraba muy poco, la de Estrella Galicia. Absolutamente nada. El jamón circulaba por todas partes, también el buen queso, olía a buen arroz, se veía pasar el gazpacho y el marisco ponía malo a más de uno. Supongo que ahora entenderán lo del oásis.

El Café Andaluz fue uno de los principales focos de españolidad en una Glasgow que durante la semana pasada se hizo española, valga la redundancia. Escocia, no lo olviden, es parte del Reino Unido, patria del capitalismo. Adam Smith, de hecho, creador de esa ideología que hoy domina el mundo, era escocés y de hecho estudió en Glasgow. El 80% de los bares del centro tenían banderas españolas. La ciudad estaba volcada, en ese sentido, aunque eso no se empezó a ver hasta el martes, porque el lunes, ambiente de final cortito y con sifón. El objetivo era atraer al máximo de clientes posibles. Y lo consiguieron, claro.

Aunque nada como el Café Andaluz, un espacio de aislamiento de la realidad británica, tan acogedora pero en cierto modo tan extraña para el carácter latino. El Café Andaluz fue un punto de encuentro de aficionados catalanes y andaluces. Sólo se habló castellano por días, los camareros disfrutaron de lo lindo, algunos incluso se arrancaron a bailar bajo las palmas de los alegres e incrédulos clientes. “Sí, sí, que es verdad, que sólo se sirve Cruzcampo”, le decía el que ya estaba ahí al que entraba. Sin duda, fue uno de esos lugares emblemáticos de Glasgow que sobre todo los sevillistas no olvidarán jamás.

Sí, es cierto que Glasgow no tiene mucho. Prácticamente nada, para ser exactos. Es cierto que Glasgow es el patito feo de Escocia, que la belleza la tiene Edimburgo. Pero también es cierto que está poblada por gente noble, amable con el que viene de fuera, hábil para cazar libras transformando incluso los luminosos de sus locales con frases en español… Gentes muchas veces de hechos contundentes, que no se lo piensa si te tiene que dar tres gritos, que duda cabe, pero gentes que tiene la suerte de tener a dos pasos de la plaza George Square, uno de los únicos parajes de la ciudad que merece la pena, el Café Andaluz. Si alguna vez el destino les lleva a Glasgow, por favor, visítenlo. Y no tomen café, que es lo de menos.

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