Diego

Hace unos meses ya hablaba de la dimensión de Diego, un talento desmesurado para una liga, a veces un tanto mediocre, como la alemana. Su fichaje por la Juventus significaba dos cosas: una, que el cuadro de Turín hacía una apuesta segura por el buen fútbol. Dos: las ganas del pequeño mediapunta brasileño en destacar en un campeonato con cara y ojos como es el italiano. Faltaba saber una cosa: si se adaptaría o no al rocoso catenaccio. Y hoy tenemos la respuesta: sí.

Ya, ya. Es pronto para entrar a valorar si lo de ayer fueron un par de bandazos de su magia o es algo a lo que acostumbrará a la Vecchia Signora, pero Diego dejó en evidencia algunas de sus características. Entre otras, que se trata de un jugador resolutivo, que se echa el equipo a la espalda, que como si de un traidor se tratara, te clava el puñal cuando menos te lo esperas. Y así, más mal que bien, terminó la Roma en el Olímpico (1-3). Partidazo con todas las de la ley. Goles y ocasiones a borbotones en un choque de trenes que tuvo un solo protagonista.

Diego justificó su fichaje con dos buenos tantos. El primero, el que abría la lata. El segundo, el que situaba el 1-2 tras un golazo de De Rossi. El internacional le viene como anillo al dedo a un conjunto falto de imaginación en la línea de tres cuartos, huérfano de talento desde el adiós de Nedved y la incursión, todavía en plena pubertad, de Giovinco. A todo esto, un paisano suyo y que también costó una millonada (la Juve pagó a la Fiore 25 millones), Felipe Melo, anotó el tercero y dejó patente su crecimiento desde que en su día llegase como un desconocido a nuestra Liga.

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