Lass Diarra

Pareció el Milan saltar a su propio campo con el mismo chip con el que acabó el partido del Bernabéu. Extrañísimo el planteamiento del conjunto italiano, que, deseoso de dar continuidad a la hazaña que conoció hace un par de semanas, se olvidó de la presión y del rigor defensivo para concederle al choque una dosis de locura demasiado precoz. El Real Madrid, como en él es habitual, no supo ordenar sus prioridades, se dejó llevar por su ímpetu ofensivo y acabó preso de su propia impaciencia. Tal y como se expuso la partida, el talento del que presume el equipo blanco hubiese bastado para matar a su rival. Pero no era noche para dejarse llevar por los instintos asesinos, pues el Milan planteó un duelo de golpes, y en esas se las vieron los de Pellegrini para esquivar el miedo de que Pato, en una de sus tantas prometedoras acciones, clavase la puntilla que ellos mismos no encontraban, ni con la motivación de Kaká, ni con los intentos de Benzema, ni en los errores mismos de Dida. Al final, 1-1, ni justo ni extraño reparto de puntos; simplemente, mucha más previa que crónica.

Al final, eso. Pero al principio parecía el Madrid un equipo mucho más ambicioso; desdibujado, qué duda cabe, pero seguro de que encontraría goles en la noche milanesa. Comenzaba a dar saltos el rumor de que los locales, aquellos hombres de rojo y negro, no estaban a la altura de su escudo, y, si acaso, lo estaban más por edad que por otra cosa. Aunque, claro, el precedente era bien firme, pero parecía tan ansioso el conjunto neogaláctico que, una de dos, o transformaba todo aquello que andaba imaginando —y rondando— o acabarían estallándole los nervios en un sinfín de ideas inmateriales y tremendamente verticales, tal como la esencia de su juego. Daba que pensar el asunto. Cuántas veces rugió el Madrid por acercarse a un fútbol preciso, como el de su eterno rival en los últimos tiempos, en el que cada uno desempeña un papel vital en la tremenda tarea de acercar el balón con peligro al área enemiga. Se paraba uno a observar y veía cómo el Milan desechaba la opción de presionar en el centro del campo, cómo dejaba al Madrid la iniciativa, pero también cómo éste desestimó la oportunidad de pausar semejante vaivén. Y contaba con Xabi Alonso en el once, otrora tan deseado.

En este pasatiempo que propone el conjunto madridista es normal —incluso lógico— que se extrañe la figura de Cristiano Ronaldo. El portugués no es el salvador —ese puesto no hay quien se lo discuta a Casillas, que ayer también tuvo alguna de órdago—, pero en este repertorio tan rígido, su verticalidad y su eficacia goleadora elevan las posibilidades de salir victorioso. Si no hay cambios al respecto, será quien salve muchos puntos que podrían perderse en este camino de inexactitud. Ayer, cuando el afán dio resultado y encontró el tanto de Benzema, la flaqueza defensiva volvió a permitir la reacción de un equipo que sólo conocía una maniobra concreta —el pase largo a Pato— pero que se encontró con un regalo inesperado —la mano de Pepe—, y con un castigo luego exacerbado —el gol injustamente anulado—. Lo cierto es que ninguno de los dos concedió mucho más. El claro ejemplo es que la segunda mitad fue un tostón, en términos relativos.

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