Hace poco más de un año los coruñeses promovimos un sinfín de iniciativas para que la Unesco reconociese que la Torre de Hércules merece el calificativo de Patrimonio de la Humanidad. Después de esta soleada pero fresca tarde de domingo, el deportivismo debería exigir que Juan Carlos Valerón sea nombrado Bien de Interés Cultural, Hijo Predilecto y hasta heredero de la Corona. Hoy, a la salida del partido en el que el Deportivo de La Coruña se impuso por 2-1 al RCD Mallorca, en los aledaños del estadio de Riazor miles de seareiros alzaban la voz con la misma proclama: ¡Larga vida a Valerón!
Tras el fiasco de la última jornada, cuando el Dépor perdió en el último minuto contra el Levante, los Riazor Blues organizaron una quedada tres horas antes del partido para acompañar el recorrido del bus de su equipo del hotel al estadio, para mostrarle su incondicional apoyo y, con ello, exigirle que estuviera a la misma altura. Sin embargo, la primera parte del equipo branquiazul estuvo muy lejos de lo esperado. No hizo un solo tiro a puerta mientras que a los bermellones sólo les hizo falta crear una ocasión para que Webó marcara de cabeza a centro de Martí. Llegados al descanso, sólo el insoportable volumen de los altavoces del estadio pudo tapar el descontento de la parroquia.
El cuarto hora de receso era el momento de Miguel Ángel Lotina. En sus manos estaba hacer algo para evitar que su barco se hundiera tras el boquete abierto en el casco por el tanto de los visitantes. Por primera vez en la temporada, el Dépor tenía más ocupado el banquillo que la enfermería, entre los que destacaban Adrián y Riki, suplentes en favor de Xisco y Lassad. Pero El Elegido (porque hay que ponerlo en mayúsculas) fue un tipo desgarbado, con las rodillas machacadas y dos meses para cumplir los treinta y seis años, apodado El Flaco y de nombre don Juan Carlos Valerón.
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