Impresionante lección de actitudes en el Santiago Bernabéu. El fútbol volvió a mostrarnos cuán peligroso es mirar desde arriba a un rival superior sin la pericia necesaria para administrar las inercias; y lo hizo de una forma significativa, en forma de enseñanza, castigando a un equipo mezquino en sus convicciones para premiar a otro que verdaderamente creyó en su destino. El Real Madrid remontó un 0-2 al Sevilla, y no necesitó grandes formas, sino su propia fe y el miedo del adversario; que también puede formar estrategia. Debe de imponer verse por delante del conjunto de Pellegrini en su feudo, y han de temblar las piernas hasta relajarse en la derrota, tal y como pareció sucederles a los de Nervión.
El encuentro fue de un extremo al otro, desde el control inicial del conjunto andaluz hasta las técnicas de acoso —y finalmente derribo— a que éste se vio sometido. El ímpetu del Madrid denotó lo mucho que había en juego, nada menos que el liderato. El Barça había empatado en Almería, por lo que hubiese sido algo así como una traición no ganar terreno en esta lucha tan igualada. Aun más jugando en casa, pese a la categoría del contrario. Un Sevilla que apareció sereno en el escenario, dueño de las situaciones y del balón, y que a los diez minutos encontró la suerte que a esas alturas merecía, y que fue acompañándole hasta prácticamente el final. El gol llegó en propia puerta, de Xabi Alonso, tras un doble centro —primero de Jesús Navas y luego de Capel— que igualmente hubiese sido transformado por Negredo si el donostiarra no se anticipa.
Los derroteros estaban bien marcados para los de Jiménez, pero el rumbo fue desviándose con el paso de los minutos, según fueron disminuyendo los puntos de control y el terreno de dominio. Hasta la media hora, bastante eficaz el orden sevillista, aunque las revoluciones de más de sus defensas bien pudieron costarle el empate. Antes, a los veinte minutos, Konko volvió a caer lesionado y confirmó su suerte en el plantel. Le sustituyó Adriano. El Madrid, como suele hacer, no trabaja las bandas, sino que se deja caer al centro como si su potencia y su sexta marcha le permitieran atravesar cualquier barrera. Poco a poco fue ganando terreno, haciendo trabajar a Palop, sobre todo a raíz de la mayor soltura de Xabi Alonso, a quien se le permitió crecer obviando los peligros congénitos.
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