Cuestión de confianza y de creer. Cuando Manolo Preciado hace apenas un mes, andaba cuestionado, seguramente sólo él creería en el cambio de rumbo que ha dado su equipo en las últimas jornadas. Situado en puestos de descenso, abocado a sufrir más de la cuenta, salieron a relucir nombres de posibles sustitutos, como el de Marcelino. Pero basta tiempo, seguridad y que la suerte te guiñe el ojo, para salir del atolladero.
Con diez puntos en las últimas cuatro jornadas y tres victorias consecutivas, la última incontestable en Mallorca y con goleada de escándalo incluida (0-4) ante un rival que comenzaba a pensar en cotas más altas que la salvación, en Gijón no sólo respiran tranquilos, sino que Preciado, el bueno de Manolo, vuelve a ser incuestionable. Comenzó salvando los muebles curiosamente ante el Racing (equipo en el que jugó y dirigió) en el último minuto con un empate que le mantuvo en el cargo.
Fue a principio de año, cuando un testarazo de Diego Castro con el tiempo cumplido en El Sardinero le salvó de su primer ‘match ball’. Luego llegarían los triunfos en casa. Primero frente el Hércules (2-0) y ante el Atlético (1-0), con los goles de Barral de protagonistas. El sábado, en la victoria en el coliseo bermellón, fue el ‘primer’ salvador, Diego Castro, quien destapó el tarro de las esencias. El capitán marcó un gol, sirvió otro a su tocayo de apellido André y participó con un taconazo en otra de las dianas.
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