A sus 26 años su carrera deambula al borde del fracaso. Aún sigue teniéndolo todo para resurgir, pero cada día que pasa se aleja más de lo que significa ser futbolista. Cristhian Fabbiani es un pedazo de jugador. A mí siempre me ha encantado este delantero tanque, repleto de recursos y calidad, apodado como el Ogro, insultado en todos los campos de argentina por su complexión, siempre con tendencia hacia la carnosidad, pero temido por su excepcionales cualidades que, sin embargo, jamás cultivó fuera de los terrenos de juego.
Es triste que Fabbiani después de 26 años de existencia sea más conocido por sus relaciones sentimentales e incidentes en las discotecas que por su fútbol. El Ogro, que es uno de los mejores delanteros que hay en la Argentina jugando como ariete, con aire a Kiko, no tiene ficha. Nadie lo quiere. River se cansó de él y Lanús, el equipo donde triunfó y se hizo futbolista, le deja entrenar en su cancha pero no lo incorpora a su disciplina. Muy triste.
¿Qué pasa con Fabbiani? Sólo él lo sabe, qué duda cabe. Su carrera ha caído en picado en el último año. Triunfó en Lanús, acabó en el CFR Cluj rumano, donde salió campeón de liga y también de copa, siendo la estrella del equipo, marcando once goles, desde esa posición de delantero que juega de espaldas que tan bien desempeña. Fue nombrado jugador del año en Rumania, su primera experiencia europea resultó un auténtico éxito, pero se empeñó en volver a Argentina, incluso renunciando al sueño de la Champions. Recaló en Newell’s, cedido por un año. En la Lepra cuajó un gran Apertura, jugando auténticos partidazos, incluyendo un enorme clásico ante Central. Y entonces apareció River en su vida. El Ogro nunca había ocultado que era hincha del Millonario y movió viento y marea para recalar en Núñez en el pasado Clausura. Tras un culebrón de acontecimientos lo consiguió… Y una vez en Buenos Aires, su carrera tomó rumbo a la deriva.
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