Parecía que iba a repetirse la historia del partido de Estados Unidos ante España cuando Estados Unidos, con un planteamiento y un desarrollo de partido muy similar al mostrado ante la selección española, se ponía por delante por dos veces ante la Brasil de Dunga. Imponiendo en la primera mitad su juego ya conocido de orden táctico, ferrea defensa zonal y rápido contragolpe, los americanos lograban poner el partido a su favor de forma clara y con el dos a cero, con tantos de Dempsey y Landon Donovan se llegó al descanso.
Pero al contrario de lo sucedido con España, Brasil sí reaccionó de forma efectiva y rotunda. Nada más iniciarse la segunda parte, Luis Fabiano recortaba distancias con un gol importantísimo para meterle el miedo en el cuerpo a los hombres de Bradley y darle a la canarinha el subidón moral que necesitaba. Gracias al tanto del sevillista y al nuevo ímpetu del equipo, que iba sumando efectivos en ataque y sobre todo desmarcándose de forma efectiva, el partido fue gradualmente cambiando de color. Y cuando de nuevo Luis Fabiano volvió a marcar para empatar el choque y reivindicar su papel como máximo goleador del torneo, los veinte minutos largos que quedaban de partido se antojaban muy largos para la escuadra norteamericana.
Las previsiones que marcaba la dinámica del partido se cumplieron: en una jugada a balón parado, Lúcio fusilaba de cabeza a Howard a sólo seis minutos para el final. Bradley, con ese porte de entrenador de fútbol americano de instituto según la iconografía que nos transmite el cine norteamericano, miraba desesperado el reloj, inexorable indicador de que el margen de maniobra era escaso para un equipo demasiado acostumbrado ya a nadar y guardar la ropa con el resultado a favor.
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