Anoche, la selección nacional volvió a jugar al fútbol donde ambos se rebautizaron, en el Ernst Happel de Viena. Era la mayor atracción del duelo amistoso ante la amiga Austria. En medio de un ambiente festivo, España dio lo suficiente como para vencer por uno a cinco. Y eso que fueron los locales los que se adelantaron, pero los de Del Bosque respondieron pronto y acabaron imponiéndose sin problemas. Hay tantas lecturas posibles que resulta difícil leer el partido. Porque cuando un equipo está tan serio, uno comienza a ponerse serio ante su juego, esperando siempre un recital.
Ayer España ofreció dos versiones. En la primera mitad, el conjunto sólido de siempre, con Xavi girando sobre su propio eje, Iniesta y Silva inventándose espacios —como si el rival no dejase ninguno—, y Villa acertado ante el gol. En la segunda, un equipo por hacer para acabar de hacer el equipo. Todos quisieron hacer de todo, y ahí demasiados se perdieron. Güiza bajó a recibir donde no suele, Negredo acabó peleado consigo mismo, y Navas corrió tanto y en tantas direcciones que pisó todo el terreno. Cada individuo tenía demasiado que demostrar y entonces España dejó de ser un equipo.
No es esto una crítica a quienes menciono (ni todo lo contrario), sino una percatación clara de lo que ocurrió. Navas y Pablo Hernández volvieron a conectar con eficacia y Güiza mojó merced a la ineptitud austriaca. En ambas partes, sin distinción, hubo precipitación, aunque es incluso comprensible que España se acelerase tanto, pues a menos que no intentar un último pase con tantos caminos abiertos se le puede considerar pecado. No obstante, el abanico de opciones en ataque es amplísimo y variado. Y es precisamente esta canción la que tendrá que tararear Del Bosque de aquí al Mundial. Qué difícil, elegir entre tanta clase para una lista de veintitrés.
Editores 6
Comunidad 3