A la hora de hablar de Isaac Cuenca hacerlo simplemente de su descaro y atrevimiento es quedarse corto. Con apenas media docena de partidos en la élite ha mostrado mucho más. Cuando en la rueda de prensa tras el partido ante el Levante Guardiola habló sobre Cuenca la mayoría de medios optaron por hacer tomate con el comentario sobre su aspecto en lugar de quedarse con lo verdaderamente interesante: que Pep destacó una de sus virtudes por encima de todas y no fue ni el regate ni el centro ni el remate.
Decía Pep que Cuenca sabe estarse quieto por el bien de los demás, una reflexión que dice mucho más de lo que parece. Si este chico está llegando a donde tantos otros no lo hacen es por su inteligencia. Fue inteligente (y valiente) al descender a Segunda B para coger el incierto tren de la cesión cuando se marchó el curso pasado al Sabadell (con el que ascendió a la Liga Adelante) y lo volvió a ser al quedarse este año en el B tras hacer la pretemporada con el primer equipo. ¿Quién iba a decir cuando se fue al Sabadell que quince meses después llevaría tres asistencias en Champions League?
Cuenca es un extremo a la antigua usanza: prefiere jugar en su banda y no a pierna cambiada, un uso que ha ganado tanto terreno que ha arrinconado a la antigua estirpe de bailarines de la línea de cal. Su salida natural es para fuera y completa su talento para el dribling con la de centrar muy bien en carrera, una capacidad en la que los españoles somos inferiores a los ingleses y los alemanes. Además, tiene rigor táctico para mantener su posición cercana a la línea de cal, consciente de que le hace más bien a su equipo abriendo el campo y esperando que yéndose al centro a buscar la pelota.
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