El peor Atlético de Madrid de los últimos cuarenta años recibe mañana la visita del Real Madrid, su más acérrimo rival, el más temido por la parroquia colchonera. Suele escribirse justo antes de citas como la del Calderón que todo queda dispuesto para el envite, pero a este derbi casi nada llega en su sitio y, con más razón que nunca, se abren al juego algo más que tres puntos. En el Atleti, porque su mal arranque le obliga a llevarse un partido que hace diez años no gana, lo que le permitiría dar un pequeño salto en la tabla multiplicado por cien en su autoestima. En el Madrid, porque a pesar de que en la Liga anda muy bien situado, los tropiezos ante el Milan y, sobre todo, la debacle de Alcorcón necesitan de un golpe de autoridad que arrastren tales contratiempos al olvido. Pero todo es muy extraño. Más de lo habitual.
La llegada de Quique Sánchez a la entidad del Manzanares no ha supuesto aún el alivio que muchos esperaban, y tan sólo el Marbella se ofreció para facilitar la tarea del técnico. Luego, una aciaga e injusta derrota en Bilbao y un empate esperanzador ante el Chelsea. La imagen que dieron los rojiblancos el martes fue bastante mejor de la que hasta ahora conocíamos, y ante un señor rival. En esto se basan las ilusiones locales, más aun cuando la grada pudo vibrar de nuevo con su ídolo, Agüero, que ha superado sus molestias y regresa al once para ayudar a los suyos en su lucha contra la inercia histórica reciente. Son las leyes que deja la memoria: unos buscan el optimismo en razones que ya se presentaron en su día y tampoco fueron suficientes; a otros les basta con pasear un nombre que, entre la titularidad y el banquillo, inyecta el miedo en la sangre de su adversario.
Precisamente de miedo trata esta saga (para los atléticos, claro está), cansina por sus repetitivos guiones, y más previsible de lo común. Aunque el discurso de Quique suena bien, el escenario parece atraer de nuevo más palabras que acciones. Aquí se lo creen los jugadores rojiblancos. La previa es jugosa en este sentido, pero una vez eche a rodar el balón temblarán las piernas atléticas ante un posible, e incluso probable, gol tempranero, como le ocurrió más de una vez. Encajado el tanto de rigor, el Atleti se relaja y suele generar peligro, pero siempre acaba sucumbiendo ante el Madrid, y ante sus propios fantasmas. No siempre comienza la historia con un principio similar, pero a menudo acaba con el mismo desenlace.
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