Colas de vaca, vaselinas, goles, más goles, muchos más goles. Romario entró por méritos propios en el Olimpo de los futbolistas. Allí descansa su leyenda junto a la de otros prodigios del balón como Zidane, Maradona o Pelé. Pero desde hoy el Baixinho ha cambiado su trono celestial por un asiento en la Cámara de Diputados de Brasil, como legislador del Partido Socialista de Río de Janeiro.
Cuesta imaginarse a Romario decidiendo sobre un país. Un tipo que en cuando le preguntaron por su libro favorito, contestó: “Leer me da dolor de cabeza”. Sinceridad no le faltó. Si la emplea en la política, ya sería mejor político que muchos. ¿Pero formación? Como alguien que reconoce no leer, puede acceder a un cargo que exige tanta preparación. O eso se dice. Como también exige responsabilidad. Y el Romario que todos hemos conocido no era precisamente un chico modélico, magnífico, angelical, parafraseando a los Estopa del primer disco.
El carioca llega a la cámara baja del Congreso Nacional con la propuesta de mejorar el deporte. Cambió sus 1.000 goles por los 146.859 votos que le hicieron diputado en octubre. Entonces, prometió ayudar al deporte y a los niños con necesidades especiales. No tiene experiencia política pero conoce de primera mano esas dificultades. Creció en las favelas de Río y hoy es padre de una hija con Síndrome de Down. Desde su escaño, el Baixinho podrá llevar adelante estas propuestas en un parlamento con más caras conocidas.
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