Quien más o quien menos, por aquí todos estamos al corriente de las muchas peculiaridades que tiene el fútbol inglés, peculiaridades siempre desde nuestra perspectiva, claro. Una es la figura del manager en muchos equipos, acostumbrados a tener voz y voto en todas las decisiones que afectan al club y no sólo a las decisiones meramente tácticas. Otra peculiaridad es la especial atención que a menudo se le da a pequeños gestos o elementos considerados de carácter simbólico. Bajo el amparo de estas dos tradiciones, Ferguson ha decidido intervenir en la estética de los jugadores jóvenes de su club, obligando a los juveniles del Manchester United a lucir únicamente botas al estilo tradicional, es decir, donde predomina el clásico negro. El negro predominaba en las botas de los futbolistas hasta la aparición de las botas blancas a mediados de los noventa: Marco Simone fue el primer futbolista que recuerdo con botas blancas y poco después Alfonso Pérez Muñoz las popularizó en España. Algunos años más tarde, la gama de colores se amplió hasta la actual muestra de pantones en las botas de los futbolistas a lo largo y ancho del planeta, de tal forma que lo que antaño hacía daño a la vista, ahora es ya lo habitual e incluso lo más recurrente.
Para Ferguson sin embargo el color de las botas a adoptado un carácter simbólico, una muestra de individualidad y de pavoneo no admisible para él en las categorías inferiores. A uno le viene a la memoria el capítulo de los Simpson en el que se imponen uniformes grises en la escuela y éstos hacen que los alumnos sean más disciplinados, ordenados y conformistas, mientras que cuando los uniformes se tornan de colores a causa de un accidente, estalla el desorden y la rebelíón entre los escolares.
Alarmado quizá por que los más jovenes adopten ya desde la escuela de formación los ademanes de algunos de sus ídolos, a menudo convertidos en divos de pasarela o iconos estéticos, Ferguson retoma medidas del estilo Daniel Passarella con la selección argentina, cuando impuso a sus jugadores llevar el pelo corto si querían ser convocados y esto mantuvo con un pie fuera de la albiceleste al gran Fernando Redondo. Lo más seguro es que ni Ferguson tenga nada personal en contra de las botas de colores ni Passarella en contra del pelo largo – el argentino jugó en aquella selección de 1978 cuyos jugadores destacaban por sus melenas- pero ambos casos tienen que ver con la disciplina, el compromiso con el equipo por encima de la individualidad y el autocontrol.
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