En las dos formas de entender el fútbol que existen, la gran mayoría de actores de este mundo apostarán sin duda por la resultadista, por aquella que mira al presente y no al futuro. Por aquella que tiene más en mente las hemerotecas que la memoria selectiva de los aficionados, esa que se transmite generación tras generación entre todos aquellos que son asiduos en las gradas.
Mientras Benítez será recordado como el entrenador que dirigió al equipo que ganó la memorable final de Estambul al Milan, sobre la base del gusto por el buen fútbol, a Wenger los aficionados del Arsenal le idolatrarán y le rendirán su correspondiente homenaje con un “gracias por amar el fútbol”, pese a que no gane ninguna Champions League.
Esa es la memoria selectiva del fútbol. La que prevalece por encima del resultado. La que defiende que el verdadero campeón del mundial de España 82 fue Brasil y no Italia (como pueden atestiguar los miles de niños españoles que lloraron aquel fatídico día en Sarria la derrota de los Zico y compañía). La que puede transmitir que el Arsenal a lo mejor no ganará este año nada, pero ha tocado y tocado el balón, al que ha querido como un amigo, hasta lograr algunas obras de arte.
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