Los ojos del mundo estaban puestos en el Barca-Madrid, pero los de Italia tenían otra fijación, Milán. Allí, se jugaba el derbi de la ciudad lombarda, Inter-Milan, con una rivalidad parecida al clásico español. Los campeones de Italia contra los reyes de Europa se veían de nuevo las caras. Los interistas como claros candidatos a ganar este scudetto y los milanistas recién llegados de su victoria en el Mundial de clubes. Un partido en el que la igualdad y la emoción se preveían antes y se confirmaron después.
Cada uno quería imponer su estilo, el de lucha, juego directo y zarpazo arriba interista, frente al juego elaborado, pausado y de posesión milanista. En algunos tramos predominó uno de los dos estilos, pero haciendo una vista general al encuentro, se demostró, una vez más, que los nerazurri son más fuertes y tienen un plantilla más amplia, ideal para ganar ligas. Así que, pese a su victoria frente a Boca, el Milan volvió a dar la cara del calcio, y perdió. Sin embargo, en el partido podía haber ocurrido cualquier cosa, la emoción y la incertidumbre estaban presentes, hasta que apareció Dida.
El nombre de Nelson de Jesús de Silva, Dida, apareció por primera vez en el cielo futbolístico después de parar tres penaltis en la final de Liga de Campeones del 2003, frente a la Juventus. Aquella actuación le valió a su equipo una Champions más y al arquero el salto al primer nivel mundial. Después de dicho logro, llegó su titularidad en la selección brasileña y su asentamiento definitivo en el Milan. Sin embargo, pongo en una duda extrema la afirmación de que Dida sea un gran portero, y mucho menos que pueda jugar en el Milan.
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Dida, un portero, para mi gusto, excesivamente inseguro.