Creo que hay poco que decir de Andrés Palop que no se haya contado ya, desde que hace cinco campañas llegara a Nervión, como portero suplente del Valencia, en algunas ocasiones de forma injusta, y menos de 100 partidos en Primera. Por aquello de haber sido cancerbero, aunque algo peor que el valenciano, Monchi no tuvo dudas de traerlo pese a que contaba con más de 30 años, para aquella campaña del Centenario que tantos complejos curó al sevillismo. Y como otras tantas veces el León de San Fernando acertó con, posiblemente, su apuesta más personal: a partir de entonces llegaron muchos éxitos y casi siempre las manos de don Andrés tuvieron algo que ver… e incluso hasta su cabeza en pleno invierno de Ucrania.
El Sevilla está de nuevo en una final, la séptima desde el verano de 2005. Los de Nervión demuestran que su proyecto deportivo está plenamente consolidado y es mucho más que una suma de nombres que en su día saborearon el éxito. Se fueron Juande, Poulsen, Keita, Javi Navarro, Martí, el fallecido Puerta, Maresca y sobre todo el incombustible Daniel Alves, pero el equipo sigue ahí arriba, peleando año tras año por la tercera plaza, disputando la Copa hasta el final y, en esta ocasión, en octavos de Liga de Campeones, con una primera fase muy holgada. Pero con la clasificación a la final de Copa también queda al descubierto, una vez más, que lo de Andrés Palop con este equipo es algo más que un oportuno encuentro Seguramente, si Club y portero no hubieran cruzado sus caminos, sus historias hubieran sido bastante diferentes.
Lo de Palop es monumental. Como los buenos vinos, toma valor con los años. Es increíble, tiene 36 años pero no hay quien le jubile. ¡Cómo jubilarlo! Transite una vitalidad propia del que está empezando, pero a la vez tiene una voz de mando incuestionable por las muchas batallas libradas. Es el auténtico líder de este Sevilla y domingo a domingo lo viene demostrando. Ante el Getafe lo lógico hubiera sido que los hispalenses se hubieran ido por 2-0, siendo generosos, al descanso. Pero Palop está soberbio y detuvo todo lo que le echaron. Palop fue el único del equipo, junto a Escudé y Navas, que mantuvo el tipo ante el asedio azulón. Lo suyo fue una exhibición de reflejos y posturas… el arte de parar.
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