Demasiado tarde despertó el Atlético en San Mamés, y, aunque lo hizo, la suerte volvió a mostrársele esquiva. Esa misma suerte que ayer optó por convertirse en madera y echarle una manita a Iraizoz, con quien se mostró más solidaria que nunca. El cuadro ahora entrenado por Quique Sánchez se llevó un tremendo palo en un campo difícil, pero que últimamente no se le daba nada mal. En realidad, no fue sólo un palo, sino tres, los que impidieron que Maxi, Forlán y Agüero saldasen las cuentas pendientes con ese final feliz que tan maldito se presenta. Eso es, el gol; el único injusto con los colchoneros, aquel que tantas veces le salvó se encaprichó esta vez con agrandar sus penas. Y fue injusto el gol, pues no se puede asegurar que también lo fuese el fútbol; eso es algo que aún le queda grande a este equipo.
Pensándolo bien, quizás sea la única manera que el fútbol tenga de decirle al Atleti que acabe ya con esta farsa, que ya es hora de tratar bien al balón, de hacerlo andar de un lado a otro, en horizontal; así, a base de palos. Porque jugar, poco. Sólo cuando el Athletic rebajó su presión fueron capaces los visitantes de encontrar algún espacio. Pero queda mucho para que el Atlético parezca un equipo de verdad. Incluso el conjunto bilbaíno, con su pobreza futbolística, defiende con garra el modelo al que se atiene, haciéndose más equipo incluso de lo que es. Para hacer daño a la entidad del Manzanares, como el pupas que se hace llamar, no hace falta ningún Llorente, sino un buen —o mal— balón por alto, por lejano que sea, pues así temblarán las piernas del más pintado y ganarán enteros las posibilidades de que Asenjo, De Gea o Roberto acaben recogiéndolo del fondo de la portería. Ayer le tocó al primero, y le bastó al Athletic para ganar.
El Atlético fue víctima, una vez más, de su ansiedad; claro que sería una buena excusa con la que justificar este desastre. Pero la impaciencia rojiblanca con el balón en los pies no es fruto de la presión que vive, sino del miedo general que parece cosido en cualquier elástica rojiblanca. Para un futbolista del Atleti, un compañero no es alguien en quien apoyarse para buscar la mejor opción, sino un bulto al que complicar la vida cuando ya no sabe qué hacer con el esférico. Un partido es para el Atlético como el juego de la patata caliente, y casi siempre termina explotando en sus manos. Eso pasa en cualquiera de sus líneas: cuántas veces despeja el portero aquello que no sabe barrer la defensa; cuántas se traba Forlán en su intento de ocupar un puesto que hoy día no existe; en fin, cuántos apuros, cuántos patadones sin sentido. Cualquier solución al límite acaba convirtiéndose en un problema. Así luego les luce el pelo.
Parecía que la seriedad iba a ser la principal baza de este nuevo Atlético, y no anduvo del todo flojo en este aspecto. Es mejor no volver a comentar que, arriba, ahora se falla lo que antes entraba seguro; pero la tarea de Quique ha de centrarse, sobre todo, en (hacer) defender correctamente todo aquello que sea defendible. Me explico. Es normal —en parte— que Messi regatee como le plazca a Antonio López, Pablo y Ujfalusi al mismo tiempo, pero no lo es tanto que Javi Martínez remate un balón en el segundo palo superando a Raúl García y a cualquiera que se le sume. Lo primero es más genialidad que despiste, lo segundo es más desidia que otra cosa. No pueden ir todos los rechaces al contrario, ni cabe saltar para acompañar al rival en el salto. Claro que tampoco se pueden defender las faltas laterales en el punto de penalti, y aquí sí caben órdenes.
Ayer volvieron a relucir los mismos errores y algunas virtudes de siempre. Ni Ujfalusi es lateral ni Antonio López lo parece. Pablo corta bastante, pero siempre envía el balón a la grada, incluso cuando su equipo pierde y tiene a un compañero de cara—el patadón parece llenarle de fuerza—. Assunçao siempre llega tarde, juega al límite de la expulsión y estorba la transición de la pelota, aunque se salve por minutos (o por partidos). De los cuatro de arriba, ninguno está en su mejor momento, pero Simao no siempre ha de esperar el balón abierto en la banda, al menos, no cuando el juego se mueve por el carril contrario y hace falta llenar los espacios vacíos de paredes y combinaciones. Jurado, cuando salió, aportó cosas interesantes, como suele hacer cuando hay huecos. El Athletic llegaba de una mala racha, pero el Atlético es la cura para cualquier enfermo, incluso vida para algún que otro muerto.
Lo peor y lo que parece no tener remedio, es la apuesta futbolística de los del Vicente Calderón. Podríamos hablar del serio partido del Athletic, de su presión asfixiante y de su buen hacer colectivo. Pero todo ello se apoyó —además de en su imponente afición— en la consciencia del que sabe reconocer en el Atlético a un débil oponente, una presa fácil de cazar, pues el miedo le reboza. Los madrileños han de cambiar el panorama no sólo a base de goles, sino de fútbol de posesión. Al menos, esa es mi teoría. De nada sirve recurrir al contragolpe como método histórico, pues este sistema se convierte muchas veces en la excusa del que juega por detrás del balón, sin contar con él y decidiendo partidos con la única suerte de la eficacia goleadora. Falta ahora esta última, y también la confianza en el compañero, incluso la parte concienzuda de una apuesta que necesita mucho más que suerte. Para los atléticos, sigan confiando en Sánchez Flores, por más que se acerquen los viejos fantasmas.
Foto | EPA


Comentarios
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un abrazo
Solo puedo añadir una cosa...
¡Aupa Athletic!
Lo has clavado, no se puede explicar mejor. Jugadores mediocres comprados como buenos que en situaciones malas, como la actual, quedan mucho más en evidencia. Saludos y aupa Atleti.
el atlético baja a segunda este año
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