
La fiesta está en el Sur. O al menos en una parte porque los petardos no se escuchan en Banfield, claro. Lanús grita fuerte, grita como nunca para que se entere su vecino y todo el mundo. En La Boca, en la Bombonera, ante el Xeneize, ante el actual campeón de la Libertadores, el Granate después de 92 años de historia se coronó campeón. Por fin. Es el triunfo de los pibes, el triunfo del técnico español Ramón Cabrero, el triunfo de una filosofía de club fundamentada básicamente en la cantera, el triunfo de la confianza en lo propio. Lanús es un equipo chico pero ahora se siente el más grande. Lanús es un vivero de prometedores futbolistas que no cesa ni se interrumpe por los billetes verdes procedentes del viejo continente. Este domingo ha firmado su página más gloriosa, la que no pudo redactar siquiera a mediados de los cincuenta ese equipazo bautizado como los ‘Globetrotters’ por su vistosa forma de desplegar fútbol.
¿Qué dirían ahora Arrieta o Ducca, que tanto lucharon en los comienzos? ¿Qué dirían ahora José Nazionale, Daponte o Guidi, los tres ingenieros que deslumbraron en el ecuador del anterior siglo? ¿Qué pensarán ahora el Baby Acosta o Manuel Silva, los ‘albañiles’ de los sesenta? ¿Qué se les pasará por la cabeza a Héctor Cúper y sus chicos que marcaron una época en los noventa? Todos ellos, los que están y los que no, brindan porque por fin le ha llegado la hora a ese equipo por el que tanto hicieron. Quédense ya con estos nombres porque son mitos vivientes: Bossio, Graieb, Ribonetto, Hoyos, Velázquez, Blanco, Pelletieri, Fritzler, Valeri, Acosta y Sand. Ellos han levantado eso que otros no pudieron. Y ahora todos ríen bajo la mirada de aquel tipo que nació hace sesenta años en Santander, que por motivos políticos emigro con cuatro años a un país que ha hecho suyo… Ramón Cabrero, salud.
El cántabro es un ejemplo a seguir. Es un hombre experto en el fútbol base. Él mismo curtió tiempo atrás a estos jugadores que ahora le han encumbrado. A Cabrero le hicieron el hombre más feliz del mundo cuando en 2005 después de fracasar en el Dinamo de Tirana le dieron la oportunidad de tomar el mando de su Granate querido, para el que jugó cinco años y entrenó a los escalafones inferiores. Y así empezó todo, dirigiendo a un conjunto integrado por chavales a los que les había enseñado a convivir con la pelota cuando eran más jóvenes de lo que todavía ahora son. Excelentes jugadores no han cesado de surgir desde entonces, traduciéndose esa prolífica cantera en excelentes resultados deportivos. En el Clausura de 2006 ya avisó con un magnífico subcampeonato y ahora por fin Lanús llora de emoción.
Precisamente la emoción que se presuponía en la última fecha nunca tuvo lugar. Porque Lanús comenzó jugando con cabeza ante un Boca lleno de suplentes que sólo atacaba por orgullo. Lanús de hecho arrancó ganando gracias a la certeza de Pepe Sand y paralelamente Argentinos se adelantaba de penalti ante Tigre. Los casi tres mil espectadores que se habían desplazado a La Bombonera (no hubo más porque Boca se negó a atender las peticiones del Granate) ya saltaban y se veían campeones y ni siquiera el empate de Martín Palermo, que sigue descontándole tantos a Varallo, provocó incertidumbre. El pitido final de Pezzotta confirmó al equipo más regular del torneo, a pesar de un mal comienzo, de un espantoso inicio con un punto de nueve posibles. El pitido de Pezzotta hace bueno todo el sudor derramado por tantas y tantas personas desde que el 3 de enero de 1915 Juan Rasetto, Iribarren, Damonte, Galarza, Silvio Peri, Miguel Usaray y otros cuantos jóvenes emprendedores se sentaran en el Club Social del Progreso para dar pie a lo que hoy en día es un sentimiento de barrio, una pasión plenamente consolidada que ahora salta, salta y salta y no para de saltar. Salud al campeón.


