
Es triste, pero es la realidad. Y hay que contarla. No se habla en Argentina en estos días de fútbol. No se habla del gran arranque de Independiente, con un espectacular Dennis, de las dos victorias de Estudiantes, del horrible comienzo de Boca, con sólo un punto de seis… Sin duda eso daría para mucho en otro contexto. Pero ahora no está el horno para bollos. Lo que se veía venir, lo que se antojaba probable desde el pasado mes de febrero cuando las dos facciones de la barra de River, Los Borrachos del Tablón, se enfrentaron a cuchillo limpio en los aledaños del club, acabó sucediendo.
Todo comenzó el verano pasado. La barra la dominaban Alan Schlenker y Adrián Rousseau. Tras el Mundial el peso de la ley comenzó a caer sobre el primero, que tuvo que echarse a un lado y pasar a un segundo plano. Adrián aprovechó la situación y se hizo con el liderazgo absoluto, ascendiendo a un íntimo, Gonzalo Acro, trabajador, asimismo, de River. Evidentemente, Alan quiso volver cuando dejó de tener a la justicia tras de sí. Pedía su parte del pastel y Adrián le dijo que ni en sueños. Schlenker, junto a su hermano y su gente de confianza prometieron guerra. Y la hubo, en febrero, al comienzo del pasado Clausura. Desde entonces las amenazas y la tensión entre las dos facciones de Los Borrachos se han sucedido sin que la sangre llegara al río. Y el club, ¿qué hacía el club? A lo Poncio Pilatos, lavarse las manos. Se prohibió la entrada de los líderes, pero sus compinches seguían en las gradas y los negocios de extorsión dentro del estadio continuaban funcionando.
La mafia de las barras en Argentina genera mucho dinero, sobre todo si se trata de un club grande. El problema en River es que no todos cabían en la jugosa mesa, donde rebosan los dólares procedentes de la extorsión a jugadores, directivos, venta de entradas… Todo eso y más. Esta semana la guerra dio un paso más. Alan y sus chicos decidieron avanzar para recuperar el poder pleno y el pasado martes optaron por quitarse de en medio a sus dos principales enemigos, Adrián Rousseau y Gonzalo Acro. Lo hicieron por la vía rápida. Primero fueron a la casa de Adrián y la tirotearon, aunque éste consiguió salir con vida, y después el pasado martes, a las once de la noche, balearon a quemarropa a Gonzalo cuando salía del gimnasio. Ahora descansa bajo tierra.
Todos estos hechos desencadenaron la suspensión del encuentro de la segunda fecha ante Newell’s por parte del ministro de Interior, al no poder garantizarse la seguridad. Y parece que el temporal no va a remitir. Porque Adrián ha hablado en una entrevista y asegura que declarará en los juzgados contra Alan y los suyos por la muerte de Gonzalo. Y hay más. Nadie duda de que la banda de Rousseau irá a cobrarse venganza y de hecho corren los rumores que un miembro de su banda que padece una enfermedad Terminal se ha ofrecido para inmolarse.
Mientras todo eso sucede River sigue activando el ventilador, recordando en un comunicado oficial que estos delitos sucedieron lejos del estadio y añadiendo que el club cumplió con las exigencias de seguridad impuestas por la AFA tras los sucesos de febrero y que incluso negó la entrada a 50 barras… Todo muy bonito pero lo cierto, lo insultantemente cierto, es que si Alan, Adrián y todos los demás han llegado tan lejos, han ganado tanto dinero, que a la postre es lo que ha provocado la pelea, ha sido por que el club ha hecho durante muchos años la vista gorda con Los Borrachos.
Lo peor de todo es que las barras siguen siendo simpáticas. El problema no es sólo de los clubes, que también. Los líderes de las principales peñas radicales argentinas son ídolos para la afición, la gente les pide fotos cuando van por la calle, las peñas del interior los solicitan en actos, son reclamos de River, en este caso, y gozan del mismo caché que las principales estrellas… En definitiva, estos sucesos violentos no sólo salpican a River y a la permisiva justicia argentina, sino a toda la sociedad, porque es ésa misma sociedad la que le guiña el ojo a los ultras, con aquello de, ‘al fin y al cabo son de mi equipo y animan en la cancha’. De hecho, el mismísimo Diego Maradona, el espejo en el que se miran todos los argentinos futboleros, no se esconde cuando asegura que Rafa Di Zeo, el líder de la Doce ahora en la cárcel, es un buen tipo. Las pistolas que mataron a Gonzalo no sólo fueron disparadas por barras violentos. Hay mucha más gente detrás. Y como no se produzcan detenciones preventivas ya, la sangre seguirá derramándose.


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