Arrinconado, sin ningún tipo de salida, el presidente de River, José María Aguilar, ha acabado cediendo. No le ha quedado otra, desde luego. La justicia ha cerrado el club millonario y no se reabrirá hasta que, entre otras muchas cosas, se expulsen del mismo a los protagonistas de la pelea que desencadenó todo este lío, en la previa del encuentro ante Lanús. Y River ya ha movido ficha, diciendo adiós a los barras implicados. De ese modo, a partir de marzo los líderes de las dos vertientes enfrentadas de los Borrachos, Alan Schelenker y Adrián Rosseau, y sus principales lugartenientes no van a poder acceder nunca más al Monumental. Se da la circunstancia de que tres de estos últimos, también eran empleados del club y todos, evidentemente, van a la calle.
River quiere volver a funcionar cuanto antes (conforme pasan los días pierde más y más dinero) y por eso ha tomado esta medida de urgencia. La dirigencia hace lo que nunca quiso hacer, obligada claramente por la circunstancias, porque al final la mierda ha acabado salpicándole de lleno. Sin embargo, los visos de cambio son realmente escasos, a tenor de la actitud que mostró el presidente del Millonario, durante su comparecencia de ayer en el Congreso, ante la Subcomisión Investigadora de la Violencia en el Fútbol.
Fueron dos horas de interpelación, en las que Aguilar evitó pisar charcos y sacó el capote cuando le plantearon temas espinosos. Realmente fue vergonzoso su discurso, porque de hecho aseguró sentirse sorprendido de que encontraran armas en una dependencia de la tribuna de los Borrachos, así como puso en duda que la espectacular refriega que disparó todo este carrusel de acontecimientos, hubiera dejado heridos, cuando en las instalaciones médicas del equipo de Núñez se atendió incluso a un herido de bala, sin por cierto, tomar ningún dato personal. De ahí pasó a un hacer gala de un victimismo poco sincero, teniendo en cuenta los contundentes argumentos que pesan en su contra.
Con esta actitud queda claro que River actuará contra los hinchas siempre movido por la justicia y nunca por propia voluntad. Ahora toca esperar ver qué dicen los capos Alan Schelenker y Adrián Rousseau, que todavía siguen a la gresca. Ojo, porque a Rousseau se le avecina un futuro incierto, pues parece que la policía ha reabierto un caso por una pelea multitudinaria que le puede implicar. Es más, Adrián sospecha que le han vendido desde el corazón de su grupo. Puede que sea un movimiento de Alan para apuntarse un punto ante su enemigo. En cualquier caso, desde ambos bandos se dice que esta lucha interna tendrá un cercano punto y final y todo apunta a que en el clásico del fin de semana en el que River ejercerá de local no se sabe dónde, se limarán asperezas y no a base de palabras, precisamente.
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Comentarios
Me da orgullo como hincha del Millo que echemos a los violentos. A ver si Boca toma ejemplo y banca a Di Zeo. Siempren serán unos amargos
Como hincha del Millo me enorgullezco de que echemos a los barras violentos. A ver si toma ejemplo Boca y banca a Di Zeo. No tienen bolas los bosteros
Echan esos, pero luego entrarán otros. Siempre es lo mismo. Las barras van a quitarnos nuestro fútbol
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