Puestos a comparar con eventos recientes, la final de la UEFA Champions League disputada en Atenas, no le llega ni a la suela de los zapatos a la que vimos hace una semana entre el Espanyol y el Sevilla ni, mucho menos, a la que presenciamos en la última final que ambos protagonizaron hace dos temporadas en Estambul. Ganó el Milan en un partido tranquilo que tardó 89 minutos en crear emoción, la que Kuyt, con el 2-1, hacía renacer los fantasmas de la remontada de 2005.
Pero esta vez no hubo milagro, ni atisbos de que algo inesperado ocurriera. El Milan salió, marcó dos goles y se llevó la final. Un partido simple, una final sin ápices de impacto, de sorpresa. Tampoco es que el equipo de Carlo Ancelotti fuese superior en todos los lances del encuentro, porque el Liverpool también tuvo su oportunidad, sin embargo, el gol en las postrimerías del primer tiempo de Inzaghi hacía intuir que la final ya tenía dueño.
Esta vez ni Reina fue el héroe, ni Benítez supo encajar las piezas del engranaje inglés para conseguir darle la vuelta al partido. En una de esas, el futbolista más joven, con más talento y equipado con un smoking en forma de elástica rossonera, acabaría de desequilibrar el choque con una divina asistencia a Inzaghi que culminaría en un mano a mano frente a nuestro Pepe. Kaká mostró destellos, aunque no destacó. En realidad, ningún futbolista (aparte del goleador) sobresalió por encima de otro. Porque a Gerrard, por ejemplo, se le mojó la pólvora cuando en sus botas tuvo el empate.
De esta manera, el Olímpico de Atenas presenció la venganza descafeinada de la inolvidable final de Estambul. Seguramente la forma de hacerlo es lo de menos una vez conseguida. El Milan ya está a dos Copas de Europa del Real Madrid, mientras que el Liverpool dejará las celebraciones para otro momento.
En NdF | El Milan logra la séptima
Foto | Reuters


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