2008: el año en que España espantó a todos sus fantasmas

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Fiesta de la Eurocopa2008 fue el año en el que la selección española de fútbol rompió con su pasado. Habrá, de hecho ya hay, un antes y un después de aquel gol de Torres. Su tanto frente a Alemania en la final de la Eurocopa sirvió para que todos nos quitáramos de encima una pesada mochila cargada, a partes iguales, de victimismo e inferioridad. Aquel gol de Fernando Torres llevó a la gloria a España y ratificó un slogan que nos acompañó desde que arrancara la cita de Austria y Suiza: podemos. Vaya que si pudimos.

Fue también el punto y final de Luis Aragonés al frente de la selección. Como todos los que le han precedido en el cargo (y como les sucederá a los que le sigan, empezando por Del Bosque) recibió golpes por todos los lados. La lluvia de improperios, acusaciones y denuncias de todo tipo le pusieron en más de una ocasión en la cuerda floja. Su carácter hosco y su no siempre fácil relación con los medios se convirtieron, a la postre, en su mejor aliado. No hizo amigos, pero fue el perfecto escudo protector del grupo de futbolistas especiales que hicieron magia con el balón en los pies y que enamoraron a toda Europa.

El punto de inflexión del discurrir de España en su paseo por Centroeuropa fue el partido de cuartos de final. El choque ante Italia y la agónica clasificación en la tanda de penaltis fue el presagio de que algo grande estaba por llegar. Acabar con Italia, además de hacer justicia al fútbol, sirvió para que los de Aragonés se desmelenaran definitivamente.

Superada la gravosa hipoteca tanto de los cuartos, como de acabar con un ‘grande’ (en lo que a currículum se refiere, que no hablando de fútbol), Rusia, con el mago Arshavin que tanto nos enamoró, no tuvo más opción que dejar pasar al rodillo español que merece un hueco en cualquier videoteca.

Aquella lección de fútbol acabó por convertir a la España de Luis Aragonés en la gran favorita. Algo no encajaba. Enfrente estaría Alemania, el equipo más laureado de la competición. Daba igual. La suerte estaba echada y nadie nos podía parar. Los Podolski, Metzelder, Ballack, Kuranyi y compañía acabaron siendo los perfectos invitados de: Casillas; Sergio Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila; Senna, Xavi; Iniesta, Cesc, Silva y Fernando Torres.

Ellos fueron los héroes de la final. Un equipo acusado de su escaso músculo. Más vale mañana que fuerza, pensaron muchos. Y vaya que si valió. En el Prater de Viena se consagró una generación demasiado joven para no hacernos soñar con más.

Se sufrió. Era de esperar. Pero Fernando Torres a los 32 minutos aceptó el enésimo envite de Xavi para, entonces sí, hacer gala de su velocidad y con Lehman en su busca, picar el balón. Un toque preciso, sutil, perfecto que hizo estallar a España. Después, la agonía.

Alemania comenzó a ser en nuestras cabezas el típico rodillo. ‘No puede ser, ahora vendrá el empate’, ‘Tardarán, pero marcarán’. Quizá fuera nuestro pesimismo tradicional, nuestra falta de cultura ganadora, nuestro palmarés repleto de batacazos y famélico de copas.

Ese gol nunca llegó.

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