El Barça merece un castigo ejemplar. Más allá de que los incidentes del derbi de la ciudad condal fueran en Montjuic, más allá de que la seguridad de las instalaciones corriera a cargo del conjunto periquito y más allá de que quizá no todo el mundo hizo lo que tenía que hacer, nadie se puede escudar en jugar en campo contrario para tratar de esquivar un castigo que ha de ser todo lo duro que la reglamentación permita.
Cierto que, con las mismas, quizá el Espanyol tendría que recibir un pequeño tirón de orejas, pero las excusas que se esgrimen desde el Camp Nou resultan peregrinas y rozan la indecencia. Que Laporta diga que el Barça no tiene ninguna responsabilidad resulta ofensivo cuando en su momento él (como en otros muchos clubes, que en todas las casas cuecen habas) les dio de comer.
El delito de los ¿aficionados? del Barça es tan flagrante, pudo tener unas consecuencias tan fatales que independientemente del lugar, la hora y las posibles irregularidades previas el castigo ha de recaer en terreno blaugrana. Laporta dice que en Camp Nou no entran. ¿Seguro, señor Laporta? Deje que, por lo menos, lo dudemos.
Más allá del caso particular, habría que aprovechar lo que sucedió en Montjuic para abrir (una vez más, y ya van demasiadas) el debate de qué hacer con los grupos ultras que aprovechan el anonimato del colectivo para dar rienda suelta a sus instintos más primarios.
Desterrarles definitivamente del fútbol, disolver sociedades ocultas, anular ayudas (que alguna sigue llegando) de los clubes se perfila como algo necesario y urgente. Ese tendría que ser el primer paso de un proceso en el que representantes gubernamentales, policiales y los presidentes de los clubes se tendrán que sentar en la misma mesa y, sin medias tintas (muchos siguen jugando a dos bandas) poner las bases del fútbol del futuro.
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