Todo el espectáculo que se nos había anunciado a bombo y platillo, todo el fútbol que confiábamos en ver durante los 90 minutos del Barça-Atlético acabó condicionado por dos factores: la incomparecencia del Atlético de Madrid, y los 45 minutos más completos de los culés de los últimos años.
De la mano de Messi (aunque no exclusivamente) el Barça nos regaló un partido para enmarcar. Un inicio apoteósico, con tres goles en menos de diez minutos, finiquitó por la vía rápida un partido que tras el descanso se fue diluyendo dadas las circunstancias.
El duelo Messi-Agüero, que para muchos era tan importante como el resultado del mismo partido, se decantó (y de qué manera) a favor del culé. El Kun estuvo desaparecido durante todo el partido. Apenas se le vio y fue una sombra difusa de lo que se esperaba.
Por contra Messi cogió el bastón de mando del Barça, apostó por la verticalidad y nos regaló con una serie de slaloms dignos de elogio. El mejor, el que más premio mereció, fue el que no entró. Daba igual. El Camp Nou festejó la jugada como si el balón hubiera entrado en el área de un desafortunado Coupet.
Los primeros nueve minutos fueron digno ejemplo de cómo se ha de comenzar un partido y de cómo no se debe saltar nunca al campo. ¿Qué le pasó al Atlético de Madrid en ese inicio? Nadie encuentra argumentos. El gol de Marquez es asumible, el penalti (más que dudoso) quizá sea el clavo ardiente al que muchos se agarren, pero el primer tanto de Messi, reflejó la impotencia de un equipo despistado y carente de tensión.
A partir de ese momento el partido quedó roto y el los colchoneros fueron como un saco de boxeo. Trataban de encajar lo más dignamente posible los golpes que recibían. Era la fiesta de Messi, era la fiesta del Barça y el Atlético, pese a sus intenciones, fue el mejor invitado posible.
Foto | Leo Messi
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