No corren buenos tiempos para el baloncesto italiano. Ni en la competición doméstica, donde la Serie A ha vivido un verano convulso con la exclusión de Nápoles y Capo d’Orlando por irregularidades administrativas y ha quedado reducida a 16 equipos, ni a nivel europeo donde el último título para un club italiano llegó en la temporada 2000/01 con el triunfo del Virtus de Bolognia ante el entonces Baskonia.
Así, en tiempos en los que más de uno apuesta por una retirada discreta, en Milán se apuesta por el glamour. Y en cuestión de clase, quien mejor que Giorgio Armani para asesorar al equipo de su corazón, el histórico Olimpia Milano.
El diseñador transalpino ha dado el salto a la propiedad del club lombardo y lo hace para tratar de reingresar a los milaneses en la élite del baloncesto europeo. Su llegada ha sido lo más discreta posible y el mismo reconoce que no quería aparecer en plan Abramovich. No lo ha hecho y, además, parece tener las cosas bastante claras.
Pese a sufrir el ‘doloroso’ castigo de nadar en la abundancia, Armani ha puesto freno a contratos multimillonarios y apuesta por sortear todo lo que se parezca al fútbol. “Sueldos estratosféricos y el exceso de protagonismo”, dice que son el gran lastre del fútbol mundial.
Afortunadamente, y a diferencia de lo que ha sucedido en otros muchos deportes, el baloncesto europeo parece ser inmune (al menos hasta el momento) a los caprichos de grandes multimillonarios. Su menor repercusión mediática le aleja exponencialmente de convertirse en el capricho de gente como el propio Abramovich o Sulaiman Al-Fahim (Manchester City).
Por eso la llegada de empresarios solventes, responsables y sin la intención de hacerse aún más ricos es una buena noticia. Que cunda el ejemplo, que suficientes salvadores tenemos ya.
Foto | Legabasket
Vía | La Gazzetta dello Sport


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